Después de casi 14 años de desinstitucionalidad democrática, nada más providencial que la cabeza del nuevo Tribunal Supremo Electoral se llame Salvador.

Porque un salvador necesitamos para nuestra democracia. Un salvador que nos restituya la confianza y la seguridad que el fraude no va más. Que nos asegure que nuestro voto vale y cuenta. Que el “fraude oculto” no existe, que el MAS no tiene montado un sistema que le favorezca en las próximas elecciones con circunscripciones amañadas y diseñadas a capricho y conveniencia suya. Que nos dé la certeza que el Tribunal no está coludido con nadie, que no responde al MAS ni al Ejecutivo y menos aún a la candidatura de la Presidenta ni a la de ninguna candidatura en contienda.

Queremos saber, sentir y confiar que las reglas se van a respetar, que los vocales del TSE son independientes, dignos y honestos, al igual que los vocales departamentales. Que no se rinden ni se venden. Eso es lo que queremos.

Para inspirar y transmitir esa confianza se necesita capacidad, integridad y liderazgo. Necesitamos urgentemente una dosis de dignidad y respeto. En alguien en quien creer. En instituciones independientes y transparentes. El mayor daño que nos ha dejado el gobierno del MAS es psicológico. Nos ha dejado una gran inseguridad y desconfianza en nosotros mismos, en nuestras instituciones, en nuestra democracia.

Por ello, ante la ausencia de instituciones fuertes, legítimas y transparentes, necesitamos hombres que encarnen esas cualidades y virtudes, que en el tiempo se plasmen en las nuevas instituciones que reconstruya la democracia y que se traduzca en un Estado de Derecho gobernado por leyes y no por hombres ni caudillos “que le metan nomás”.

Ahí llega Salvador Romero. El hombre que tiene la capacidad técnica, la formación académica y el entendimiento y la observancia a la ley. El tecnócrata consumado, con experiencia y trayectoria. Pero ello, en el estado de convalecencia democrática, en el estado de inseguridad y desconfianza mutua, en el estado de incertidumbre en que nos ha dejado la tiranía y el abuso del régimen anterior, no es suficiente.

La última vez que se tuvo que reconstituir la confianza en el órgano electoral fue, luego de los problemas suscitados por la denominada “banda de los cuatro”, que con un acuerdo político en 1991, le encargó a un hombre íntegro y valiente la presidencia de la entonces Corte Nacional Electoral. Ese hombre tenía también un nombre providencial.  Se llamaba Huáscar. Don Huáscar Cajías. Periodista católico que prudente y valientemente dirigió el periódico Presencia por varias décadas, navegando las vicisitudes de gobiernos civiles autoritarios y militares violentos.

Hombre austero, de absoluta honradez, fue un verdadero líder en la reconstrucción de la confianza e imparcialidad del órgano electoral que supervisó elecciones limpias y transparentes.

Liderazgo. Eso se necesita para reconstruir la magullada democracia boliviana del nuevo siglo.

El apego a las normas, a la técnica y a la letra de la ley también. Pero en tiempos de crisis y de transición, necesitamos asimismo orientación, criterio y ejemplo. Existe un área vacía entre la letra muerta y la conducta recta, ética y principista. Hay cosas que las leyes no prohíben, pero que no es ético hacer o dejar de hacer. Allí acude el liderazgo, la guía y el criterio del hombre recto que orienta y conduce. El líder.

Eso es lo que le pedimos a Salvador. Cabeza de uno de los cuatro poderes del Estado, preeminente durante periodos electorales, él es una autoridad con legitimidad y mando, pudiendo ordenar hasta la intervención de la fuerza pública y orientar y dirigir el proceso electoral con mano firme y justa. Él necesita trascender su condición de técnico, experto y tantas veces consultor internacional y tomar el bastón de mando de un proceso trascendental que lo pone de igual a igual, o más, con la Presidenta transitoria, la presidenta del Senado y  el presidente del Poder Judicial. Necesitamos un Salvador político en el más alto sentido de la palabra, guía y conductor, comunicador extremo y garante con su palabra y testimonio de la más importante contienda nacional, cual es la de elegir a nuestro próximo gobierno y definir el destino de Bolivia por los próximos cinco años y más allá.

No tengo la menor duda de la decencia e integridad de nuestro presidente del TSE. La guerra sucia que procura opacar su dignidad es absolutamente aberrante. Salvador es un hijo privilegiado de un hogar de académicos que han servido a la nación con distinción y honestidad. Ningún aparente parentesco con actores políticos de similar nombre pueden opacar sus méritos e independencia. Difícilmente el país pudiera haber encontrado a un profesional más capaz para dirigir el órgano electoral. Sin embargo, Bolivia también necesita que ese líder sea como la mujer del César, que no sólo sea sino que parezca, y se muestre como el conductor y orientador certero de las próximas elecciones.

*Ronald MacLean-Abaroa fue Alcalde de La Paz y Ministro de Estado