Se calcula que todas las plataformas de streaming, combinadas, ofrecen hoy alrededor de 2.500.000 títulos. Si nos limitamos al cine, se dice que, de esos millones, como 100.000 son largometrajes.
Brújula Digital|30|11|2025|
Mauricio Souza
1. Números: Aunque con frecuencia nos cueste encontrar qué, en teoría no solo hay mucho que ver sino demasiado: se calcula que todas las plataformas de streaming, combinadas, ofrecen hoy alrededor de 2.500.000 títulos. Si nos limitamos al cine, o a lo que llamábamos hasta hace poco “cine”, se dice que, de esos millones, como 100.000 son largometrajes. Incluso si, en los hechos, el acceso a tantas películas no sea tan generoso o tan fácil, los números nunca dejan de ser abrumadores e inmensos: Prime Video reúne ahora mismo un promedio de poco más de 11.000 películas, Netflix como 4.000, etcétera. Solo en la primera de estas plataformas tenemos películas para una vida: una diaria por 30 años.
2. Más números: En el mundo se producen hoy alrededor de 9.000 largometrajes al año, de los que, con cierta dedicación y esfuerzo, solo alcanzamos a ver 100. ¿Cómo elegimos esas 100 nuevas películas (o 5 o 50 o 300) que vemos al año? Generalmente, porque están ahí: en salas. O en la tele o en el celular (la pantalla grande y la pantalla chica, respectivamente, de estos tiempos de relevos tecnológicos). Es decir, escogemos películas como escogemos frutas o verduras al ir al mercado: entre lo que hay, tratamos de identificar al vuelo lo que mejor se acomode a nuestros gustos, antojos, intereses, bolsillos y ánimos.
3. Una gran biblioteca de cine: Si antes el cine era prisionero de un mercado fugaz sin acceso mayor al pasado (salvo en cinematecas y salas de reposición), un negocio atareado a lo sumo con las noticias sinfín de un futuro permanente (y sus trailers de próximos estrenos), hoy es un arte que se parece más a aquellos que disfrutan de los beneficios de una biblioteca o de un museo: podemos ver no solo lo que nos sale al paso, sino también lo que busquemos entre buena parte de lo anterior, esas decenas y decenas de miles de películas que, en teoría, podríamos ver. Y, como en cualquier biblioteca, hay que elegir: por temas, por autores, por géneros, por actores, por épocas, por lo que dice la crítica, etc. El principio logístico (y existencial) es claro: la vida es muy corta y no hay por que desperdiciarla viendo cosas al azar o por desidia.
4. Los directores: Aunque ver o leer algo porque conocemos y apreciamos otras obras del mismo autor sea una forma obvia y eficiente de elegir, en el cine es una práctica tardía (se generalizó recién en los años 60 del siglo XX) y, de hecho, nunca fue adoptada por el público: el hecho es que vemos buena parte de lo que vemos (películas, series) sin saber en absoluto quiénes son sus autores. Y si es cierto que con mucho cine la autoría es un dato indiferente (¿saber quién dirigió la última Superman influiría en nuestra decisión de verla o no verla?), en muchos casos no es un mal indicio, no es una mala pista. Saber que La casa de dinamita –un reciente y recomendable estreno en Netflix– es una película de Kathryn Bigelow, la misma directora de Zona de miedo (2008) y La noche más oscura (2012), quizá nos ayude a anticipar que es una perfecta construcción de suspenso. Y lo es. (Este principio funciona también al revés: un amigo decidió no ver la última película de Pedro Almodóvar simplemente porque el repertorio de repetidos lugares comunes –tics– del manchego ya lo irritan).
5. Los actores: O podemos ver películas porque los actores que las protagonizan nos mueven a ello. No es una mala idea organizar pequeños festivales: por ejemplo, uno dedicado a las películas con la (gran) actriz francesa Isabelle Huppert (estoy seguro de que sería un festival variado, largo y casi sin desperdicio de tiempo). O ejercitar nuestros placeres y respetos: la reciente (y terrible) muerte de Gene Hackman me movió a volverlo a ver en sus grandes papeles –en La conexión francesa (1971), La conversación (1974) y Los imperdonables (1992)– y también a buscarlo en otros que desconocía: descubrí, para mi regocijo, Secreto oculto en el mar (Night Moves), una película policial que Hackman protagonizó en 1975 (con un premio adicional para mi erudita ignorancia: el director es nada menos que Arthur Penn, el artífice de la clásica Bonnie y Clyde). Podría hacerse lo mismo con otros: un ciclo dedicado a las películas de Robert Redford, también desaparecido este año.
6. Los temas: Y también se pueden elegir películas por sus temas, los que sean con tal de que nos interesen. Si los agónicos conflictos entre padres e hijos nos apasionan, ahora mismo podemos ver Pedro Páramo en Netflix (“Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”), también el Frankenstein de Guillermo del Toro (la última y más cara entre cientos de versiones de esta perseverante alegoría paternal) y, de paso, cual cherry de esta torta temática, Valor sentimental de Joaquim Trier (del que ya habíamos celebrado su La peor persona del mundo, de 2021). O, si nos interesan las bibliotecas, por ejemplo, podríamos ver Umberto Eco: Una biblioteca del mundo (2022), que es casi una porno bibliográfica. O si nos conmueven los perros, está a mano El amigo (adaptación de una multipremiada novela “literaria” de Sigrid Nunez que convoca nada menos que a Bill Murray y Naomi Watts, pero que encuentra su mayor atractivo en un hermosísimo y perfecto gran danés).
7. Los críticos: Mucho de lo que vemos lo vemos porque alguien nos lo recomendó. La forma organizada y profesional de ese trabajo de orientación del consumidor, dicen los ingenuos, es la crítica de cine. Pero se sabe que los que leen crítica “seria” no son legión y que la crítica ahora se confunde, más que antes, con los productos de la promoción publicitaria disfrazada de “opinión”. Hay en esto la efectiva realidad de un antiguo divorcio: que la crítica elogie algo no conduce al público a ver algo que no quiere ver. Basta revisar los consensos críticos en sitios como Rotten Tomatoes: hasta fines de noviembre, la mejor película de este año, según los cientos de críticos encuestados por este sitio, es Sobre convertirse en una gallina de guinea de la galesa-zambiana Rungano Nyoni; de las diez películas más elogiadas, ninguna ha sido estrenada en salas en Bolivia (y no lo será). Entre esas películas recomendadas por la crítica con un puntaje favorable de 100%, menciono dos: La película de la novelista (2002), del más reputado de los directores surcoreanos contemporáneos, Hong Sang-Soo, y la última del más reputado director brasileño contemporáneo, Kleber de Mendonça Filho (2025): El agente secreto.