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29/05/2022
Tinku Verbal

Promedio 70 para ser dirigente de la “U”

Andrés Gómez V.
Andrés Gómez V.

Después que Albert Camus ganó el Premio Nobel en 1957, le arrebató un sentimiento de dar gracias a su profesor de primaria, Louis Germain, y escribió:

París, 19 de noviembre de 1957

Querido señor Germain:

Esperé a que se apagara un poco el ruido de todos estos días antes de hablarle de todo corazón. He recibido un honor demasiado grande, que no he buscado ni pedido. Pero cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que era yo, sin su enseñanza no hubiese sucedido nada de esto. No es que dé demasiada importancia a un honor de este tipo. Pero ofrece por lo menos la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y de corroborarle que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso en ello continúan siempre vivos en uno de sus pequeños escolares, que, pese a los años, no ha dejado de ser un alumno agradecido. Un abrazo con todas mis fuerzas.

¿Por qué el escritor y periodista argelino-francés escribió a su profesor y no a otra persona? Porque el señor Germain cambió su vida.

¿Cuántos profesores como Germain existen en las universidades públicas? Centenares. Entonces, ¿por qué la universidad está sumida en una crisis sin precedentes? Porque los mejores docentes están muy poco involucrados en la vida política de las casas superiores por dos razones: 1) porque brillan en el mercado profesional; y 2) porque sus intereses académicos no confluyen con los de sus colegas que viven de la universidad más que para la universidad.

¿Cuántos excelentes estudiantes como Camus existen en las universidades públicas? Miles. Entonces, ¿por qué las casas superiores de estudios han caído en manos de universitarios mediocres como Max Mendoza, Álvaro Quelali y otros que han hecho de la extorsión una forma de vida? Porque los mejores estudiantes se involucran muy poco en la política por dos razones: 1) porque estudian para acabar sus carreras en el tiempo establecido; y 2) porque apenas terminan ya tienen trabajo en el mercado laboral.  

Dadas estas circunstancias, la solución a la crisis parece sencilla: que los excelentes actúen más en la vida política de la universidad. Pero no es tan simple.

Hay reglas como el voto que legitiman la presencia de docentes de mediana o mediocre formación en las instancias de decisión académica. Es un mecanismo democrático válido, pero no garantiza la unión de saber y poder, sino de poder como un fin vinculado a demagogos que ofrecen facilidades populistas a los universitarios más que calidad y exigencia académica. Sí, hay excepciones, y las excepciones que conozco están dispuestas a ser evaluadas públicamente cada cinco años.

¿Anular la elección de autoridades por voto? No. Sino subir el baremo como para motivar a los excelentes a involucrarse en la vida política. Por ejemplo, que los postulantes a los cargos jerárquicos mínimamente hayan demostrado su excelencia en el mercado laboral. De este modo, se podría romper el círculo vicioso entre docentes de medio pelo que, para reproducirse en un cargo, necesitan de docentes necesitados de trabajo y estudiantes mediocres, pero con poder en las dirigencias sindicales como para acarrear votos a través de la prebenda, la coacción, el fraude, el chantaje, la amenaza y hasta la violencia física.

¿Cómo pagan los docentes el favor a estos “universitarios”? Dejándoles permanecer en el cargo, eximiéndolos de procesos, encubriéndolos y hasta pagándoles como a Max Mendoza. Ambos actores se necesitan porque en sus cabezas priman los amarres para tener poder más que el interés por la educación.   

Sí, los dirigentes universitarios también son elegidos en urnas. En consecuencia, también debería subirse la exigencia de requisitos para postular a la dirigencia. Por ejemplo, menor de 25 años; promedio mínimo 70; cero aplazos. 

Una frase atribuida a Napoleón Bonaparte dice: “La educación de un niño comienza veinte años antes de su nacimiento, con la educación de sus padres”. Parafraseándolo podemos escribir que la educación de un universitario comienza veinte años antes de su ingreso a la “U”, con la educación de sus docentes.

¿Qué entendemos por educación de docentes? Mente abierta, lejos de cualquier dogmatismo, con talento para cambiar la vida de estudiantes, y capacidad de formar a universitarios no sólo para acabar una carrera (hasta en tres años ahora) y vivir de ella, sino de valorar el esfuerzo de estudiar y adquirir conocimientos.

Si queremos que haya miles de profesores como Germain y miles de estudiantes como Camus, el sistema universitario no sólo necesita que le cambien la cara, sino la mente. De otro modo, es muy posible que los dirigentes universitarios Max Mendoza y Álvaro Quelali se enganchen como profesores universitarios sin haber ejercido ni un minuto su profesión en el mercado, donde no hay segundo turno si repruebas.

Andrés Gómez es periodista  



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