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19/06/2022
La madriguera del tlacuache

Pautas simples para llegar a Amsterdam

Daniela Murialdo
Daniela Murialdo
Escuché a la escritora Giovanna Rivero decir que los clichés podían convertirse en nobles herramientas para la literatura. Yo agregaría que si se usan con maestría, hasta pueden lograr alguna joyita de arte. 

Acabo de terminar “Amsterdam”, una serie de HBO Max escrita y dirigida por el argentino Gustavo Taretto, ambientada en un icónico barrio de Ciudad de México, que exalta con conmovedora sutileza artística más de un estereotipo. La producción no es grandilocuente, pero hallamos escenarios muy bien trabajados; una  magnífica banda sonora (elegida junto al músico Meme, integrante de  Café Tacvba); y actores de talla.

Quienes buscan realizaciones más elevadas o no viven en pareja (o en distancia), quizás no la disfruten y hasta la sientan algo sosa. Aunque, sea como fuere, no podrán desprenderse de alguno de sus personajes. Que siendo tan posibles como próximos, hacen que uno termine por montarse en ellos y sentir sus más íntimas vibraciones. Martín y Nadia son una pareja en crisis.

Difícilmente se puede detectar de inicio qué ocasiona el desequilibrio entre ellos (pues los dos respiran el mismo ambiente artístico y bohemio, y comparten un departamento que aparenta recoger las huellas de ambos). Hasta que adivinamos la delimitación de sus personalidades y empezamos a entender que un solitario y abstraído músico -con aire de pasiva autosuficiencia- no se ajuste a una expresiva e inquieta actriz que espera de él que además de ordenar los cables de sus instrumentos, lave una taza o compre una planta para su hogar. Y mejor si es por iniciativa propia.

Mientras veía uno de los episodios recordaba la escena de la película The Break-Up, que dibuja con precisión la disonancia de expectativas dentro de una pareja: Luego de una cena familiar Brooke (Jennifer Aniston) le pide a su novio Gary (Vince Vaughn) que la ayude a lavar los platos. Gary responde –mientras libra una batalla en un videojuego- que lo hará al día siguiente. Ante la insistencia de Brooke él se levanta a ayudarla. Pero ya es tarde. Ella le dice que lo hará sola. Si tan solo Gary hubiera comprendido que lo que Brooke esperaba era que “él quisiera lavar los platos sin que ella tuviera que sugerirlo”…

Una mañana de nostalgia Nadia -la protagonista de Amsterdam- confiesa que extraña a Martín (que está igualmente roto por la separación que finalmente llega) incluso en esas cosas que tanto le molestan de él. Sucede que a veces no le damos crédito a lo que en verdad deseamos y preferimos liberarnos de la responsabilidad de parecer idiotas frente a nosotros mismos o frente al resto, deshaciéndonos de la relación. Que tal vez nos deja más de lo que nos quita. Y es que resulta fácil encontrar la desdicha, si nos empeñamos en buscarla. 

En la serie es posible identificarse hasta con el personaje canino que le da el nombre. Pues Amsterdam -el perro- no necesita hablar para que notemos su tristeza por la separación de sus dueños y la ansiedad que le genera el tránsito por la crianza compartida a la que debe someterse: ir y venir de su casa a una nueva; reencontrarse con uno de sus “padres” y despedirse del otro; siempre añorando; siempre dividido. Un herido más alcanzado por la ruptura. Y es que las separaciones nunca son por el bien de los hijos. Si acaso, lo son por su mal menor (todos ellos sufren, aun cuando los padres sean Shakira y Piqué).

El guión de Amsterdam no es pretensioso y no persigue enredadas parábolas. El argumento se debilita por momentos, y algún personaje sobra. Pero la sencillez cinematográfica -junto con lo “ligero” de los diálogos- cobra gran sentido estético porque no apela a la razón sino a los más comunes y a la vez más hondos sentimientos humanos. La serie nos da pautas para reírnos, enternecernos, frustrarnos y recomponernos. Como las pautas simples que nos da la vida. Sin que les prestemos atención. 

Daniela Murialdo es abogada y escritora.

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