04/11/2019
Afuera de la caverna

Los escenarios de Evo o lo que le queda por hacer

Diego Ayo
Diego Ayo

Diego Ayo y Oscar Heredia

No es el mejor momento para ofrecer opiniones que en el curso de pocos días experimenten cambios. Sin embargo, es menester ofrecer confesiones propias, más que luces, de esta coyuntura. Corresponde esbozar los escenarios en juego: ¿adónde puede ir Bolivia? Conviene pues jugar a brujos e intentar adivinar el futuro.

Un primer escenario, plantea el alargamiento del modelo político apañado por el gobierno masista. En este escenario lo que se juega no es la solución a los problemas presentes, desde la posibilidad de sobrepasar una situación económica declinante hasta el asesinato de ciudadanos bolivianos a manos del Ejército, sino la continuación del régimen. No se juega la solución a problema alguno. Se juega la perpetuación indefinida en el poder y, con ello, la prolongación tortuosa pero real de este modelo de autoritarismo competitivo: una casi dictadura.

¿Ha ocurrido ya en el país un caso semejante? No hay dudas que sí, la historia puede ser repetitiva. La coyuntura de 1978 a 1982 ofrece un primer ejemplo y aquella de 2000 a 2005 delinea un segundo ejemplo. Son momentos de debilidad estructural. Son períodos de la historia donde el poder decrece. Fue la finalización, dolorosa y lenta, del modelo que estaba en curso. En el primer caso, de 1978 a 1982, significó no sólo la caída de un gobierno sino la muerte del nacionalismo revolucionario como episteme ideológica dominante. En el segundo caso, de 2000 a 2005, lo que teníamos enfrente fue la destrucción del neoliberalismo como discurso ideológico predominante y no simplemente la rotación presidencial.

No fueron pues simples cambios de gobierno, fueron cambios de modelos de gobierno. ¿Vivimos hoy una situación semejante? Sí, con absoluta certeza podemos afirmar esta hipótesis: hoy no se juega meramente el cambio de un Presidente por un par presidencial deseoso de copar el puesto. Es más bien la caída de un modelo y la posible incubación de un modelo alternativo. ¿Posible? Por supuesto que sí. Sin embargo, no creemos que sea la opción preferente.   

Un segundo escenario dibuja el crimen en alza. En este escenario, que aún es una propuesta de gobierno y no una realidad latente, el actual régimen decide dar un paso más hacia adelante, erigiéndose como una dictadura. ¿Creíble? No hay dudas que sí. Al MAS le queda aún la posibilidad de desembarazarse de ese hálito de “bondad” resplandeciente y asesinar. Convertirse en una nueva Venezuela o una incipiente Nicaragua… ¡y matar! En estos países los muertos en la disputa por el poder ascienden a 300 y 500 como resultado de la violencia estatal (al margen de los 300 mil venezolanos asesinados en este largo tiempo de dos décadas aunque la mayor parte de esas muertes se dieron en los últimos cinco años). Se provocó al Estado y éste respondió matando.

¿Puede suceder algo parecido en Bolivia? Jamás hay que descartarlo. Quizás sería el final agobiante de un régimen no sólo autoritario sino criminal. ¿Puede dicha audaz acción ayudar a alargar su poder? Sin dudas: ¿Dos años, tres o seis tal vez? No lo sabemos, aunque el uso de la fuerza –y el virtual “descartuchamiento” oficial– sería letal. Daría más oxígeno a un régimen no sólo corrupto sino criminal. Venezuela y Nicaragua replicados fervientemente. Sepamos que el MAS no ha jugado aún su última carta. Esa sería su última carta. Posiblemente las negociaciones ya estén en curso y los kalimanes estén en campaña. Posiblemente, aunque lo intenten, no lo logren. Venezuela es una dictadura militar. Los militares no son asistentes del régimen, son sus líderes. El “ayuco” es Maduro. ¿Y en Nicaragua? Se preserva una dinastía familiar omnisciente con un control absoluto del poder militar. ¿Qué sucedería en Bolivia? No lo sabemos. Queda la posibilidad de que este poder no se sume al gobierno.

Un tercer escenario ofrece la renuncia de Evo o su decisión de volver a competir. O, en todo caso, algo parecido. ¿Posible? No lo creemos. No lo descartamos, por supuesto, pero no podemos aseverarlo como primera opción, de las dos observadas. Es difícil de destruir este modelo de gobierno que delata un régimen autoritario visualizado no solo en la última elección sino a lo largo de 2016-2019, comenzando con el desconocimiento al 21F en 2016, la adecuación a esa decisión por el Tribunal Constitucional en 2017, la adecuación a ese formato por el Tribunal Electoral en 2018 y con el cierre con broche de oro en 2019 respaldando una elección viciada no al momento de contar las actas sino desde antes.

El régimen masista no solo participó en estas elecciones sino que lo hizo de una manera desmedida, derrochando a mansalva recursos gubernamentales: el Ministerio de Comunicación contó con 160 millones de dólares (es obvio que toda la oposición junta no alcanza siquiera a los diez millones), el Evo Cumple estuvo en su auge, los juicios a políticos opositores afloraron con pasmoso desdén o, entre otros aspectos de dudosa transparencia, la empleomanía subió de cerca de 200 mil empleados a casi el doble (casi 400 mil). Frente a ese régimen hubo que competir dejando en claro que en esta época el problema no es el fraude, que finalmente tuvo lugar, sino la competitividad asimétrica. Un sujeto maneja millones, el resto no tiene ni milésimas.

Consideramos que el primer escenario –de autoritarismo competitivo– es el más probable de ocurrir, seguido por aquel de dictadura confesa y asesina. El tercer escenario, deseable sin dudas, es propicio. Las acciones de Luis Fernando Camacho, presidente del Comité Cívico de Santa Cruz, otorgando 48 horas para la renuncia de Morales, tanto como la exigencia de Carlos Mesa reclamando nuevas elecciones con un nuevo Tribunal Electoral, son esenciales. Dan para respirar. Se puede. No es lo más probable pero si es lo más deseable. 

Diego Ayo es cientista político y Oscar Heredia es experto en temas económicos y políticos.