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17/01/2021
La madriguera del tlacuache

La mejor o la peor parte del día

Daniela Murialdo
Daniela Murialdo

El año que terminó dejó las relaciones personales al alza. Así que esta vez, la costumbre en mi familia de ver la película Love actually –cada 25 de diciembre en la tarde, cuando la picana cinteña comienza a salir por las orejas–, cobró más sentido. 

Esa película, un tanto apolillada, comienza con los espontáneos abrazos que se suceden en un aeropuerto en los días navideños. Y aunque en Navidad todos en mi familia pudimos abrazarnos gracias al testeo generalizado que hicimos el día anterior, la añoranza pudo más.

Al ser un ritual anual, conocemos el guion entero y podemos prepararnos para la siguiente carcajada y para la inminente lágrima. Los escenarios que el director muestra resultan muy próximos, pese a algunos excesos. La película presenta nada menos que 10 historias de amor diferentes, algunas de las cuales se van interrelacionando según avanza el argumento.

Está el padrastro viudo que administra el sufrimiento del niño huérfano de 11 años, no a causa del dolor por la muerte de su madre, que sin duda lo acongoja, sino por un amor no correspondido, que para el púber enamorado supone “la peor de las tragedias”. El padrastro, en una reafirmación de su cariño por el nene, coopera en su conquista amorosa a cambio, eso sí, de que si alguna vez Claudia Schiffer apareciera en su vida, el niño lo dejará libre para hacer el amor con la modelo en todos los cuartos de la casa.

Hay también un primer ministro del Reino Unido atolondrado –que, pese a su torpeza, logra una relación con la asistente “gordita” del 10 de Downing Street–, que podemos relacionar más al desprolijo Boris Johnson (al que la pandemia tiene cada vez más despeinado) que al huraño Churchill, a quien no imagino recorriendo Londres para recuperar a su chica, como lo hace el personaje interpretado por Hugh Grant.

La historia de esta película que más me conmueve es la del matrimonio añejo. Ver a una digna Emma Thompson estirando el cubrecama mientras llora sola la infidelidad de su esposo, a quien reprocha luego “haber puesto en ridículo la vida que lleva”, desgarra. Encima, suena Joni Mitchell, su “educadora emocional”. Y como alguien dice, las penas con Joni Mitchell son más.

En esta secuencia de estructura coral se ve a un tipo enamorado de la esposa de su mejor amigo, a la que le confiesa “sin esperanza ni agenda” sus sentimientos a través de carteles, con villancicos de fondo. Su misión: cumplir con la conocida máxima de que en Navidad se dice la verdad. A diferencia del objetivo del actual Primer Ministro británico que, parodiando esa escena, usó los mismos carteles para convencer a los ingleses de votar a favor del Brexit.

¿Y la pareja de actores porno? Esa que se va conociendo y enamorando en el set de grabación, mientras él le acaricia los pezones después de calentarse las manos para no perturbarla, muestra cómo la timidez y la inseguridad se cuelan también en un plató frente a la persona desnuda con la que se está teniendo sexo, aunque sea simulado.

Pero es el episodio sobre el escritor inglés y su mucama portuguesa el que se encarga del mensaje –que no moraleja– principal. En el diálogo mejor logrado de la película, Jamie, el escritor, que como cada tarde debe llevar a Aurelia a su casa, le revela: “It's my favourite time of the day, driving you”(Mi parte favorita del día es cuando te llevo en auto); a lo que ella responde: “é a parte mais triste do meu dia, deixá lo” (la parte más triste de mi día es cuando te dejo).

Hay pues, muchos modos de querer. Pero sobre todo, infinitas formas de expresarlo. Deberíamos poner más atención en lo que el otro intenta transmitir a partir de él y no a partir de uno. Solo así seremos capaces de descifrar el mensaje y tal vez, incluso, de querer más. 

Daniela Murialdo es abogada.



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