10/07/2020
Otra vuelta

El papel re-visionario del COVID

Marco Gandarillas
Marco Gandarillas

El COVID tiene la capacidad de revelar el estado de cosas realmente existentes en el plano individual, social e institucional. Es como un gran lente que esclarece las formas borrosas de nuestra agitada cotidianidad.

La exposición que hace del estado de carencias sanitarias del Bolivia es muy reveladora. Antes del COVID la gente ya se moría en la puerta de los hospitales; ancianos/as y enfermos hacian largas colas en las madrugadas; niños/as con cáncer recibían quimioterapia en el suelo; el personal médico de los centros públicos estaba sin contratos y, paradógicamente, se llegaba a morir por falta de atención médica; y las clínicas privadas lucraban con el dolor ajeno en ausencia de un sistema propiamente dicho.

Antes del COVID, nos mostrábamos tan habituados a la situación de carencia generalizada que no nos permitimos un mínimo debate nacional al respecto. No olvidemos que la cumbre de salud terminó siendo un congreso más de barras bravas. O que el pedido del padre Mateo de 10% de presupuesto para salud (que lleva todos los días este año esperando respuesta de la Asamblea Legislativa), puso, en 2015, al ex ministro Quintana a fabricar conspiraciones y a su gobierno a cocinar datos para sostener que todo estaba bajo control. Y no estaba, como lo vemos claramente ahora.

La cruda realidad es que Bolivia lidera las estadísticas regionales (CEPALSTAT) de bajo Gasto Total en Salud (GTS) expresada en porcentaje del Producto Interno Bruto (PIB). En 2017 apenas 6,4%, solo por encima de Perú (5%) y Venezuela (1,2%). En el informe “Salud en las Américas+” (2017)  de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) se menciona del pais:  “…no se dispone de información actualizada sobre la mortalidad general…”. Es decir no tenemos (como se observa durante el COVID) siquira una buena data sobre los decesos. Las pocas estadísticas existentes muestran enormes rezagos respecto de nuestros vecinos, por ejemplo, tenemos una de las tasas de mortalidad infantil más altas del continente (44 por 1 000 nacidos vivos, cuando el promedio continental es de 13,6 por 1 000 nacidos vivos). 

Los problemas se agudizan. De acuerdo con las partes epidemiológicas del Ministerio de Salud, desde que empezó la época de lluvias, nos asolan las enfemedades infecciosas (re)emergentes como el denge. En Santa Cruz el colapso hospitalario provocado por el mosquito se arrastra al menos desde noviembre, es pre covid y seguramente será post.

En la actual época seca, padecemos las infecciones respiratorias agudas (IRAs). Estamos empezando la ola 2020 que (de acuerdo con los datos del CEJIS) se vislumbra, en las tierras bajas, con más chaqueos y humo que la del 2019 que podemos denominar el año del fuego. ¡Y Los decretos incendiarios continúan incolumnes!

Por supuesto que estas carencias e indolencias nos afectan severamente. Como señala la OPS “impiden el goce pleno de los derechos y la participación plena en todas las esferas de nuestra sociedad” y, además, tiene graves implicaciones para el bienestar de las próximas generaciones. Es un circulo vicioso que nos hace sufrir continua e históricamente. Pero no irremediablemente.

El COVID parece estar removiendo algunas costras de la indolencia social y podría ser una buena oportunidad para abonar ideas.  Valga por caso ¿Qué hacer para transcender las concepciones de la política sanitaria ancladas en las infraestructuras? ¿De qué modo se vinculan las soluciones de salud personal a las sociales, alimentarias y ambientales? ¿Cómo promover que los movimientos sociales prioricen, entre otros, la exigencia de agua potable y saneamiento? En definitiva ¿cómo re-visar nuestras prioridades? El asunto es complejo.

Al igual que señala la OMS la salud es “un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”. Parece un momento propicio para que consideremos esas otras dimensiones de ese bienestar (físico, mental y social). Para quienes lo prefieran, de uno de los pilares del quimérico Vivir Bien. 

Marco Gandarillas es sociólogo.