11/10/2020
Otra vuelta

Coordinadoras y coordinadoras

Marco Gandarillas
Marco Gandarillas

El cambio político boliviano de este siglo se inauguró con la emergencia de un nuevo formato de coaliciones sociales. Ante la debacle COBista de los años 90 y la crisis de las organizaciones como la CSUTCB, que languidecían entre duchazos y contubernios con el poder, se alzaron nuevos conglomerados. El primero de ellos, la Coordinadora del Agua y la Vida de Cochabamba que articuló las diversas fuerzas sociales que protagonizaron la denominada guerra del agua del año 2000.

Uno de los principales rasgos de esta Coordinadora fue la coexistencia (no libre de tensiones) de grupos sociales y políticos muy diversos, incluyendo al propio MAS y sus organizaciones, pero contrarios y/o con agenda independiente del poder de turno. Ninguno de ellos pudo sobreponerse a los demás, razón por la que cumplió un rol articulador y agregador de demandas y movilizaciones populares hasta después de la guerra del gas (es decir en toda la transición política). Su esencia fue la política en las calles.

Una vez en el poder, el MAS buscó que ese tipo de iniciativas se subordinen a sus fines. Prontamente, el 22 de enero de 2007 (apenas un año después de tomar el poder), crearon la Coordinadora Nacional por el Cambio (CONALCAM). Para ello, revivieron a la maltrecha COB (dirigida por el actual senador Pedro Montes) para ponerla simbólicamente al frente. En cuestión de días crearon sucursales departamentales, todas bajo dominio del partido. Con la CONALCAM se inauguró una nueva forma de gobierno “de los movimientos sociales” que recreaba a su contraparte social a través de un grupo dirigencial sometido que hacía y decía lo que dictaban las autoridades.

A diferencia de la Coordinadora del Agua, esta nueva Coordinadora del Cambio fue un brazo monopartidario, integrado por las cabezas de las organizaciones sociales y funcionarios estatales del MAS (de ministerios, el Parlamento o gobernaciones). La idea fue borrar la línea divisoria entre lo social y lo estatal. Su agenda se dictaba desde palacio de gobierno. De hecho, sus propios actos eran siempre concertados en palacio con el propio Evo. Su esencia fue la política de los pasillos.

La cooptación dirigencial de movimientos sociales y sindicales fue la táctica por excelencia del MAS y se expresó en el ensanchamiento de la cúpula de la CONALCAM que fue engulléndose a las principales cabezas de sectores sociales urbanos y rurales nacionales. En cuestión de tiempo, casi no quedó dirigencia de grupo social organizado que no fuera parte de esta estructura paraestatal debido a que la participación en el consorcio garantizaba disposición de recursos y beneficios de todo tipo: viajes, viáticos, sedes, movilidades, puestos en el Estado, fortalecimiento de su posición en su propio gremio, etc. No en vano la lucha por ser parte de la cúpula se tornó en la más importante disputa de sus líderes.

La naturaleza de esta Coordinadora explica su actual derrotero. En junio de este año, sin los recursos de un gobierno que los sostenga, anunciaron la disolución de la CONALCAM y el nacimiento de la “Alianza Plurinacional” de la que no forma parte la COB (su anterior supuesta cabeza). Desde ese anuncio los grupos dirigenciales del MAS han dado a conocer viejas rencillas, por ejemplo con el exministro Alfredo Rada, encargado por el ex gobierno de dirigirlos. Lo que muestra al menos una profunda división. 

En el marco del actual proceso electoral, que previsiblemente terminará en una derrota del MAS en las urnas, anuncian en conferencia de prensa (09/10) la conformación de otra “Coordinadora” orientada, previsiblemente, a dirigir la violencia que desatarán tras el 18/10. Como he advertido en otra columna, medidas de este tipo, que ensayaron en plena pandemia, están condenadas al fracaso porque estos “liderazgos” carecen de bases y, ahora también, recursos. Son agentes de una variopinta Gestapo desbaratada que se especializaba en disfrazarse de pueblo para apalearlo en beneficio del partido. 

Alejadas de esta dinámica, desde las bases de sectores y grupos sociales populares, emergieron otro tipo de iniciativas sociales. En la emergencia de estas nuevas coaliciones sociales se encuentra la explicación más profunda del derrumbe moral y efectivo del masismo. Me refiero a los sectores que resistieron los mayores atropellos de autoridades y sus grupos paraestatales, como los grupos indígenas rebeldes.

Coincido con José Núñez del Prado que la caída de Morales empezó con la movilización en defensa del TIPNIS de 2011 liderada por los pueblos Chiman, Mojeño, Trinitario y Yuracaré. En los siguientes años, en otras latitudes, se levantaron resistencias similares. El eje común fue la lucha contra decisiones arbitrarias del gobierno nacional apoyadas militantemente por dirigentes intermedios y nacionales cooptados.

Estas luchas de David contra Goliat terminaban desenmascarando un estilo de gobierno acostumbrado a acallar las voces críticas y a solo escuchar la propia expresada a través de sus marionetas dirigenciales. ¿Qué asunto más democrático puede haber que decidir por el futuro del lugar en que se vive? La defensa de un rio, un lago, los bosques o territorios de vida pusieron en evidencia, además, en beneficio de qué intereses gobernaba Morales.

La más interesante de todas estas nuevas coaliciones sociales es la Coordinadora Nacional de Territorios Indígenas Originarias Campesinas y Áreas Protegidas (CONTIOCAP). Una articulación de más de una docena de resistencias del norte amazónico, el Chaco y los valles Cruceños, el Pantanal, la Chiquitania, el campo tarijeño y amplias zonas andinas. A ellas les debemos, además de una incesante defensa de la casa común, una revitalición de nociones y prácticas democráticas más allá del voto.

Marco Gandarillas es sociólogo.