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27/03/2022
Tinku Verbal

Chaqueo sin quema

Andrés Gómez V.
Andrés Gómez V.

Bertha Nate, de 42 años, tiene dos dientes de conejo que resaltan cuando ríe por la ausencia de sus dos incisivos laterales. Mide apenas 1.50 metros y tiene la fortaleza mosetén. Sus ojos negros vivaces y sus curtidas manos acompañan su explicación sobre el chaqueo sin quema.

—Hemos aprendido que las propias plantas cortadas se convierten en abono. También hemos aprendido a sembrar el cacao en cuatro por cuatro (distancia de cuatro metros entre planta y planta)—narra—Este año, vamos a vender el cacao en Bs1.200 el quintal. Bueno, ese precio es fijo desde hace años—agrega.

Vicente Cabrera tiene el pie izquierdo más corto que el derecho, pero no tiene dificultades en subir, bajar, trepar o caminar ligero en un suelo con un declive pronunciado y resbaloso a causa la llovizna. Porfiria, su esposa, es casi diminuta. Si no fuera por las huellas que deja el tiempo en la piel, ella pasaría como una niña de 10 años porque es delgadita como un tallo de una planta de plátano joven.

—Nosotros hemos hecho el chaqueo sin quema porque nos hemos enterado a través de Santiago (compañero de cooperativa) y hemos visto que el follaje que se ha quedado en el chaco (de 2.500 m2) se ha convertido en materia orgánica. Hemos visto que los micro-organismos benefician al suelo—relata Vicente y Porfiria asiente.

Freddy Durán Cartagena se identifica como hijo de colla y una reyesana. Explica que su papá se quedó en la Amazonía después de la guerra del Acre (1899-1903) y se casó con Sara, su madre, que es de Yata, Reyes. Beni. De esa unión nacieron 10 hijos. Uno de ellos: Freddy

—Antes quemábamos. Luego, aprendimos que la ceniza es un abono temporal porque es resultado de la quema del sistema orgánico. Por ello, comenzamos a hacer desmonte con la mano a plan de machete y máquina desbrozadora. Es una tarea morosa, pero los beneficios son notables. Las plantas desbrozadas se convierten en abono y los cacaoteros son más frondosos, y a los tres años ya dan frutos—cuenta.

Isidora Mollo Soto tiene 77 años. Llegó con su esposo a Sapecho desde Curahuara de Carangas (Oruro) a sus 25 años y se quedó porque vio que a diferencia del lugar de donde venía (altiplano) en su nueva residencia la tierra era fértil

—Antes quemaba en mi lotecito porque no sabía el daño que hacía a la tierra—cuenta en castellano mezclado con palabras aymaras—. Cuatro años ya estamos cosechando nuestro “cacawuito”, sembrado con abono orgánico. Nos han hecho despertar con el proyecto en el que incluso hemos aprendido a no reñir a nuestros hijos—dice

Bertha, Vicente, Porfiria, Freddy e Isidora viven en el municipio de Palos Blancos (419 metros sobre el nivel del mar), provincia sud Yungas, La Paz, y viven de la agricultura.  Son afiliados de la Cooperativa CEIBO Ltda., y son beneficiaros del proyecto Interactuando con Territorios Vivos (ITV), implementado por la ONG belga ECLOSIO, la ONG boliviana Asociación de Organizaciones de Productores Ecológicos de Bolivia (AOPEB) y financiado por la Dirección General de la Cooperación Belga.

Hasta antes de conocer a las personas mencionadas y ver in situ sus logros, pensé que la única forma de chaquear (deforestar un campo para cultivarlo, quitando primero la vegetación baja, luego los árboles y sus ramas y, finalmente, quemando los desechos) era prendiendo fuego al monte. No había sido así. Hay otro método ecológico.

—Al principio no es tan fácil. Hay que trabajar duro, pero después te das cuenta que los beneficios son buenos porque hay más producción. Hay más producción porque las mismas plantas chaqueadas abonan la tierra—dice René Leonardo Jara Juchani, otro de los beneficiarios.

En todas las visitas a las parcelas, vi naranjales, platanares, árboles de achachairú, carambolas, chirimoyas, copuazú, caya, mandarinas, pomelo, plantas de café y plantas de cacaó cargadas de mazorcas.

—Quisiera tener 20 años y contar con estos conocimientos que permitieron cosechar cacaó y grandes racimos de plátano, pero tengo 60 años. Sin embargo, mis hijos cosecharán un mejor futuro porque el chaqueo sin quema no hace daño a la tierra, la fertiliza más. Un día me dijeron que eche maíz sin escarbar la tierra en el lugar donde hice chaqueo sin quema, hice caso, y coseché maíz—comenta Raúl Chambi de la Escuela Ecológica.

—Ahora, además, ya no trabaja sólo el esposo en el terreno como antes. Las mujeres acompañan, hasta se hacen cargo de toda la producción. Las mujeres ya sabemos usar la motosierra—narra Milenta Foronda, una joven que quiere vivir de la agricultura.

Óscar Tórrez, ingeniero Agrónomo y docente de la Estación Experimental de Sapecho de la Facultad de Agronomía de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA) de La Paz, sintoniza el pensamiento ecologista que corre por el país e indica que el chaqueo sin quema debería ser una política estatal fomentada por el Estado, el gobierno departamental y el gobierno municipal. 

Andrés Gómez es periodista



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