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13/03/2022
La madriguera del tlacuache

A Dostoyevski con amor

Daniela Murialdo
Daniela Murialdo

De una sesión de psicoanálisis retuve -quizás para siempre- una pregunta del terapeuta que llevaba implícita la respuesta: “¿En verdad quieres hacer eso para estar mejor contigo misma? O lo harás solo para castigar al otro aun sabiendo que tú soportarás el mayor costo”.

He extrapolado ese cuestionamiento terapéutico varias veces estos días de guerra. Países u organismos poderosos de Occidente imponen castigos a Rusia con el ánimo de frenar –de alguna manera- los ímpetus de su presidente Vladimir Putin. Aunque no todos parecen medir los resultados en contra.

Sanciones económicas como la expulsión parcial de Rusia de la plataforma de pagos internacionales SWIFT; la salida del país de varias compañías; o las restricciones al Banco Central de la Federación Rusa de acceder a las reservas internacionales, podrían resultar en un eficaz impacto negativo para el sistema monetario y financiero de esa nación. Lo que haría pensar en una apuesta ganadora. Pero el FMI, que se ha debido enterar de que nuestras marraquetas están en riesgo, ha hablado de un “panorama sombrío” para la economía mundial (a consecuencia de la subida de precios de la energía y las materias primas, y de las interrupciones en la cadena de suministros).

El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, anunció recientemente la prohibición total e inmediata de las importaciones de petróleo, gas natural y carbón. E informó que tomaba esa medida “para causar mayor dolor a la maquinaria de guerra de Rusia”. Hasta ahí, todo bien con el estado emocional de Biden. Que asume un costo proporcional al de su logro político. Por el contrario, la amenaza de Europa, de seguir a su aliado gringo, merecería una advertencia del psicoanalista. Un bloqueo similar tendría un efecto atroz por la alta dependencia del petróleo y el gas procedente de Rusia.

Sucede que si la presidenta de la Comisión Europea se sentara en el diván, expondría sus ganas incontrolables de aplastar a Putin al precio que fuera. Y es ahí donde la psicoterapia haría su labor contenedora. Como lo adelantó el viceprimer ministro ruso, Alexander Novak, un bloqueo europeo al petróleo tendría “consecuencias catastróficas” (como poner a los ciudadanos a tiritar de frío hasta la hipotermia el siguiente invierno). Consecuencias que difícilmente serían compensadas por la sola satisfacción de ver al presidente ucraniano Volodímir Zelenski ataviado con traje verde olivo pisando con su bota un cachete de Putin.

Otras sanciones, como la expulsión de Rusia de las eliminatorias para el Mundial en Qatar, la prohibición a todos los equipos rusos de participar en las competencias de la FIFA y la UEFA “hasta nuevo aviso”, la anulación del Gran Premio de Fórmula Uno en Sochi, o el veto del Comité Olímpico Internacional a las delegaciones de ese país en los Juegos Paralímpicos de Invierno en Pekín, son tan bienintencionadas como insulsas (sin contar con que los verdaderos castigados son los atletas que se han roto el lomo toda su vida para llegar a esa cúspide que les acaban de serruchar). La presidenta del Comité Olímpico de Puerto Rico llegó a declarar que la filosofía del olímpico siempre es buscar la paz y la tregua. Y que por algún lado se tienen que comenzar a tomar decisiones que lleven el mensaje a estos países para que este conflicto no se alargue.

Luego de esos correctivos, quizás veamos a un Putin cabizbajo, meditando si llamar -de una vez por todas- al osado Zelenski, para pedirle disculpas por los inconvenientes causados a los ucranianos estas semanas; y para rogarle que haga algo para que no despojen a Rusia del privilegio de ser sede del XX Campeonato Mundial de Voleibol Masculino. O quizás lo veamos tomando el teléfono rojo para anunciarle a Biden un cese temporal de hostilidades a cambio de que Netflix (otra compañía en protesta) vuelva a Moscú y le reponga la sexta temporada de Vikingos. 

Y están las puniciones colaterales de las que los “castigados” ni se han percatado. La semana pasada un reconocido profesor de literatura rusa y traductor, llamado Paolo Nori, reveló que la Universidad de Milán-Bococca le había instruido cancelar su curso sobre las novelas de Fiódor Dostoyevski. La cancelación -quedaba claro-, se debía a la invasión rusa de Ucrania y guardaba relación con las sanciones que el bloque de países occidentales comenzaba a hacer efectivas. Días antes -también en Italia- se suspendió la participación de artistas rusos en el Festival de Fotografía Europea de Reggio Emilia.

La cancelación de Dostoyevski -que ha debido provocar en los funcionarios del Kremlin una mueca burlesca- es el modo impostado de una parte del movimiento de la corrección política que, montándose en la ola de quienes sinceramente se conduelen de los muertos y desplazados ucranianos, aprovecha para insertar su agenda. Esta vez la ofrenda es un escritor ruso del siglo XIX, que paradójicamente exploró y expuso con extraordinaria belleza literaria, el espíritu ruso en un contexto político y social complejo, que parece mantenerse.

Esta sanción tiene los destinatarios equivocados. Estudiantes que quizás no posean una gota de sangre rusa y que con seguridad no tienen nada que ver con la invasión a Ucrania. El costo -han calculado bien los soldados de esa corriente que opta por sacrificar la cultura- lo asumirá la sociedad, que mirará en un futuro imágenes de los combatientes ensangrentados, sin entender de dónde provino esta guerra y cuáles fueron sus motivos. Que no conocerá su historia, ni sabrá de esos grandes hombres como Dostoyevski, que le dieron brillo a la Humanidad. Antes claro, de que resolviéramos aniquilarnos, incluso estando lejos de los campos de batalla.  



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