Cultura | 07/05/2020

La bola de fuego

La bola de fuego

Brújula Digital |7|5|20|


Vania Solares Maymura

Aficionada a la fotografía, hace años tuve la suerte de tomar ésta como parte de una serie fotográfica que venía de la mano de la providencia. Desde una pequeña ventana de mi departamento, en una especie de atalaya, logré captar estos fenómenos celestiales.

Al ver por primera vez esta bola de fuego que caía precipitadamente sin pausa hacia no sé qué destino, mi corazón también se disparaba. Era algo que jamás en mi vida había visto. Inmensa y vertiginosa. A eso de las seis de la tarde, surcaba todo un cielo cerúleo y limpio sobre la ciudad de La Paz.

La bola había atravesado la capa de la atmósfera terráquea y la impresión era que en segundos mi miedo y mi esmero de saber qué era, me habían convertido en un ser empequeñecido mientras el universo nos facturaba con piedras o aerolitos prendidos contra los escépticos y a quienes se aferran al poder político sin ver más allá de sus narices.

No entendía cómo, ante semejante imagen tan visible y encendida, la gente no miraba al firmamento ni se mosqueaba. Lo único que interpretaba es que, como seres humanos, tan minúsculos en este vasto universo, tan reducidos, arrinconados, asilados y pegados al suelo, solo miramos la superficie, el tramo y calzada.

Nos aferramos a este mundo tan material, sin poder descubrir los millones de estrellas que nacen diariamente. Entre todos estos esferoides luminosos de plasma que mantienen su forma por su propia gravedad, uno de éstos, llamado también estrella, había caído exactamente el mismo segundo en el que yo me descosía de la tierra para mirar en silencio hasta donde podían alcanzar mis ojos, como escape.

Luego averigüé qué era esa imagen tan parecida metafóricamente a una novia que apresuradamente marcaba su paso en el camino arrastrando la cola larga de su transparente velo. Todos me decían que era una estrella fugaz y que debía pedir un deseo como lo hacen en el mundo occidental. El encargado del observatorio de La Paz me aportó con la información de que era un meteorito de los que diariamente caen en la Tierra y que ya aterrizado, en estos tiempos de oferta y demanda, los cazadores de meteoritos están a la pesca de cualquier rastro de estrella fugaz, para comercializarlos.

Para los campesinos del mundo andino, es un mal presagio verlas caer, por lo que se tiene que lanzar piedras hacia el cielo, para devolver lo que el firmamento había perdido, así como un alma. En mi cabeza, fugazmente se cruzó la idea de que si bien el meteorito era de tamaño considerable, podría ser que en cualquier momento caiga uno que peligre la vida humana en la Tierra, como la extinción de los dinosaurios atribuida a una intensa lluvia de meteoritos.

Pero no, o espero que no, la fotografía simplemente fue el recordatorio de que en este único cielo que cubre nuestras cabezas, los seres humanos habitamos en esta tierra fugazmente y que si cada día nacen millones de estrellas y caen otras millones más, es porque cada día tenemos la obligación de mirar maravillados esos prodigios de arriba y sentirnos afortunados, a pesar de nuestra flaqueza de moral.

Vania Solares Maymura es periodista y aficionada a la fotografía.