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Cultura | 13/06/2024

|Centenario de Kafka|Aproximación al señor K.|Raúl Teixidó|

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Jas Min/Unsplash

Brújula Digital|13|06|24|

Raúl Teixidó

Este mes marca el centenario de la muerte de Franz Kafka, uno de los escritores más influyentes del siglo XX. La serie de artículos de artículos conmemorativos escritos por Raúl Teixidó para Brújula Digital exploran su vida, su obra y su legado, destacando cómo sus escritos, como La Metamorfosis y El Proceso, continúan resonando en la literatura y la cultura contemporánea. Esta es la tercera entrega.

...

Dos textos idóneos para abordar el tema:

1.- Ante la Ley (incluido en el penúltimo capítulo de El proceso y publicado más tarde independientemente) puede resumirse en estos términos: un hombre comparece ante la puerta de la Ley y manifiesta su deseo de ser admitido. El guardián le niega el paso. Es el comienzo de una larga e improductiva espera.

De tarde en tarde, el hombre, acuciado por un creciente desasosiego, reitera su petición, recibiendo, una y otra vez, la misma respuesta. Incluso recurre al soborno, en vano. “Lo acepto tan solo para que no pienses que no lo intentaste todo” –declara el guardián.

Los días dan paso a las noches, las noches a nuevos días, las semanas a los meses y a los años y la situación permanece inalterable.

El hombre apostado ante la puerta de la Ley acusa el paso del tiempo: pierde agudeza visual y auditiva y percibe dificultosamente su entorno, como si se encontrase en el interior de una crisálida. A la par, sus movimientos se ralentizan.

Intuyendo que pronto será incapaz de protestar por la injusta situación que lo aflige, tras un postrer esfuerzo, se encara con el impertérrito guardián: “En todo el tiempo que llevo aquí no ha venido nadie más –dice--, siendo así que todos desean presentarse un día ante la Ley”. “Esta puerta estaba únicamente destinada a ti.

No la traspusiste y tu tiempo ha terminado –responde el guardián--. Ahora cierro y me voy”.

2.- El diálogo entre un hombre que espera y otro, que se encuentra de paso, posee similar carácter alegórico.

“Estoy esperando a alguien –manifiesta el primero.

Ven conmigo –propone el caminante.

En ese caso, no podré ver a la persona que espero.

No podrás verla de ningún modo, ni esperando ni yéndote.

Entonces, prefiero no poder verla, pero esperando”.

Joseph K. se esfuerza por lograr que su proceso culmine en una sentencia absolutoria. El agrimensor K. pretende firmar un contrato de servicios con algún funcionario cualificado del castillo.

En ambos casos, la interferencia de presuntos “mediadores” –subalternos situados en el peldaño más bajo de la escala jerárquica, atontados e ineficientes– dilatarán las gestiones hasta un límite intolerable.

La distancia que separa al señor K. de su objetivo parece incrementarse día tras día. La “irracionalidad” que subyace en el aparente orden de las cosas extiende subrepticiamente su sombra.

Sin embargo, él conserva la serenidad y se muestra dispuesto a superar las contingencias, por desventajosas que se le antojen, con una fe de creyente (en la vida eterna, por ejemplo, pese a estar seguro de que nunca accederá a ella), o en la santidad, aun llevando una vida pecaminosa, sin posibilidad de redención.

La señal de identidad más destacable del antihéroe kafkiano es, sin la menor duda, la resiliencia, traducida en la determinación y presencia de ánimo que opone a la adversidad, auténtico tour de forcé presente a lo largo de la narración.

Joseph K. y El proceso, el agrimensor K. y El señor del castillo: doble odisea burocrática y existencial que acentúa poderosamente el perfil del autor, es decir, del propio Kafka. Pocas veces se habrá dado en la literatura un paralelismo tan ostensible entre el destino personal de un escritor y el de sus personajes (¿de ficción?)

Las grandes novelas de Kafka –pese a quedar inconclusas– son fiel trasunto de su aventura vital: momentos de extraordinaria euforia creativa (escribió La condena en solo una noche), altibajos sentimentales (frustrado compromiso matrimonial con Felice Bauer) y dificultosa convivencia familiar (a sus 30 años aún vivía en casa de sus padres), unos y otros en dramática alternancia, le afectaron irreparablemente en cuerpo y alma. Su incesante batalla no lograba proporcionarle la cuota de silencio y soledad, espléndida como un mar en calma, que anhelaba para entregarse de pleno a la tarea de escribir. “Me gustaría conocer al hombre capaz de soportar lo mismo que yo sin sucumbir”, apuntó al respecto.

Max Brod, su íntimo amigo, no fue menos explícito sobre este particular: “Quizá sea concebible alguna vez un ordenamiento social en el que un genio creador tan singular como Kafka no se vea sometido a la maldición de borronear actas”.

Testimonio de su denodada fidelidad a la escritura son los relatos Investigaciones de un perro y Un artista del hambre, fechados en 1922, año en el que, además, inició la redacción de El castillo.

Muy poco después, con la salud hecha añicos, como un trozo de leña bajo los golpes del hacha, aún fue capaz de producir otro relato magistral, Josefina la cantante o el pueblo de los ratones (1924), alegórico y enigmático como la mayor parte de su obra narrativa, características “intrínsecas” que emanan de la misma de modo natural, como el vapor de un líquido en ebullición y no obedecen, ni mucho menos, a una actitud preconcebida del autor (v.gr. mostrarse deliberadamente ambiguo o poco accesible).  “Captar la esencia de la obra kafkiana presupone una sensibilidad particular, en modo alguno envidiable”, acotará Pável Eisner al respecto.

Albèries y Boisdeffre, dos conspicuos analistas del legado kafkiano, añaden, a su vez:  “No es posible una interpretación unívoca ni definitiva de sus textos, escritos precisamente para demostrar que toda forma de lógica o coherencia es inalcanzable en la vida real de la manera que la entendemos. El proceso y El castillo no son interpretaciones de la existencia, sino imágenes de la existencia misma”. ¡Que se lo digan al señor K.!

“Limitarnos a hacer lo mejor dentro de lo posible ya que lo óptimo nos está vedado” escribió el propio Kafka, algo así como un programa vital “de mínimos”, diríamos, a la vista de los condicionamientos que pesaban (y pesaron) sobre él hasta el último día, como una lápida que llevara su nombre grabado a fuego. 

Raúl Teixidó, nacido en Sucre, cursó la carrera de Derecho en la Universidad de San Francisco Xavier de Chuquisaca. Dio clases de filosofía. Ha escrito varios libros de cuentos y publicado ensayos y artículos varios.




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