11/08/2019
Afuera de la caverna

Mi respuesta a Armando Ortuño

Diego Ayo
Diego Ayo
Una manera eficaz de eludir el debate y, por supuesto, anular a quien pretendes criticar, es haciéndole decir a quien críticas lo que te viene en gana y si de yapa le pones algún condimento de adjetivación y/o insulto mejor aún. Es eso lo que de modo certero hace mi estimado amigo Armando Ortuño al analizar mi columna “Evo Morales y la mitad de los bolivianos que no leen”.
Lejos de centrarse en lo que debió centrarse: el comentario sobre el dato frío y brutal referido a que el 48% de los bolivianos no lee siquiera un libro por año, se dedica a catalogarme de racista. Por supuesto, niego rotundamente tal afirmación que este sesgado analista adereza con sentencias que afirman sin rubor mi supuesto desprecio social, mi atrincheramiento en identidades neo-comunitarias que abogan por un supremacismo cultural y/o mi adscripción (y añoranza) a (por) una sociedad estamental de la que no quisiera haber salido nunca. Yapa estas aparentes científicas sentencias con palabras que nunca dije (como “feos y sucios”, refiriéndose a mi supuesta catalogación de cierta porción de la ciudadanía bajo estos conceptos) y/o aseverando que odio a Evo Morales.

Rechazo enfáticamente esta mirada que no solo es falaz y tendenciosa sino que, sobre todo, es hipócrita. Armando no nos dice nada sobre el verdadero racismo presente en nuestra sociedad: aquel que secuestra a gruesas porciones de la población al más grosero oscurantismo educativo, aquel que en 14 años ha dejado un resultado asible y vistoso: el magisterio y su cúpula dirigencial conforman una de las más privilegiadas oligarquías del “proceso de cambio”. Han firmado con el gobierno lo que podría sintetizarse como el “pacto por la no-educación”.

Armando, que apela a mis emociones, se olvida que su juicio es aún más emotivo: ama a Evo o, en su defecto, no ve demérito alguno en su accionar (en todo caso siempre existe la posibilidad de que estos intelectuales ni siquiera lo amen, y tan sólo lucren alrededor de su imagen). Ese apego caudillista de alguien que ha leído mucho tiene una clara intención: ocultar lo evidente.

Y los datos sobran (a pesar de la audaz aportación de mi amigo Ortuño al afirmar que hay “falta de datos”): estamos en el ranking sobre manejo del inglés en el escalón más bajo, solo 2.000 maestros tienen alguna formación en inglés (de un universo de más de 100.000); estamos en la cola, sólo sobrepasados por Venezuela, en la calidad y cantidad de conexiones a internet con evidentes consecuencias sobre la formación educativa actual (tenemos el mérito de tener altos porcentajes de lo que se denomina analfabetismo digital); nuestra capacidad de comprensión de las lecturas es deplorable, como lo demostraba ya en 2011 el excelente estudio coordinado por Alba María Paz Soldán y publicado por el PIEB (“Cómo leen y escriben los bachilleres al ingresar a la Universidad”); no tenemos mecanismos de medición de la calidad educativa; nuestras universidades están en los lugares menos destacables del continente, entre otra infinidad de datos que Ortuño no quiere ver.

Prefiere la adjetivación fácil. Horrorizarse con mi supuesto desprecio sin constatar que su sensibilidad progresista no alcanza para constatar lo evidente: somos el país con menor inversión per cápita en ciencia, el 90% (un poco menos) de los recursos que van a la educación están destinados al pago de sueldos y/o a la construcción de escuelas, pero nunca a la creación de laboratorios, impulso a la creación de inventos y su posterior patentización y/o a acuerdos con universidades y/o centros de investigación.

Eso es racismo. En teoría política el estudio sobre el clientelismo enseña algo que cabe remarcar: a menor nivel socio económico y educativo, más facilidad de un gobierno (en este caso) de comprar el voto de la gente (o abusar del miedo como en el ejemplo de "el sol se esconderá y la luna no saldrá).

Ergo: se solidifica un nuevo pongueaje a favor de la rosca en el poder, beneficiada ante la mera constatación de que a menos lectores (y ciudadanos que se vayan formando), más votantes. Eso es racismo. Y como corolario, no hay nada más colonial y racista que el estado de privatización en que se encuentra nuestra educación, a manos de una rosca magisteril que ha transado con el líder de la tribu: don Evo Morales.

El mundo del siglo 21 exige reformas serias, que las hordas oligárquicas del “proceso de cambio”, que leen mucho, pero para repetir consignas altisonantes y revolucionarias, jamás van a promover. Menos con esta intelectualidad que se llena los labios con el caramelo izquierdista mientras ve series o lee novelas plácidamente, legitimando con esa actitud este estado de postración (educativa) en que estamos.

Si hay algo que subhumaniza, desprecia y odia, mi estimado Armando, es ese espíritu corporativo en el que estás sumido y ese silencio cómplice que adoptas. No es un asunto de estamentos sino todo lo contrario. Es una imploración la que hago a revertir este tribalismo de cofradías que invierte en palacios, museos y helicópteros y no en algo tan simple: la lectura.

Diego Ayo es cientista político.