07/08/2019
Afuera de la caverna

Evo Morales y la mitad de los bolivianos que no leen

Diego Ayo
Diego Ayo
Brújula Digital se complace en anunciar que se incorpora a su equipo de columnistas el politólogo y analista político Diego Ayo. Sus artículos sin duda enriquecerán las páginas de opinión de nuestro portal de noticias. !Bienvenido!

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Casi la mitad de los bolivianos no leen. He ahí una pista para entender el “proceso de cambio” y a su líder máximo: don Evo Morales. Me explico: ¿qué significa que el 48% de los bolivianos no hayamos leído siquiera un libro en el transcurso de un año? No hay duda alguna que la respuesta inmediata apunta al fracaso de la “reforma educativa” en curso. El “proceso de cambio” si en algo cambió fue en agudizar el estado de postración de la educación. Ninguna novedad. No es pues mi interés hablar sobre esta política pública en la que, tras 14 años, tenemos esta cifra aterradora: casi tres cuartas partes de los bolivianos apenas llegamos a leer un libro o simplemente no leemos ninguno.
Sin embargo, sí quiero hablar de lo que significa no leer. Quien lee, imagina. Quien lee, tiene la facultad de ir más allá de lo inmediatamente real. A decir del celebrado autor hebreo Yuval Harari, no se puede convencer a un chimpancé de compartir la mitad de su banana con la promesa de que, si lo hace, tiene garantizado el reino de los cielos ni bien su corazón deje de palpitar. Este animal no entiende esta celestial posibilidad por una sencilla razón: no puede abstraer conceptos, solo puede ver, oler, sentir y oír lo que tiene al frente. No es extraño pues que sus vínculos sociales se limiten a los individuos de su prole con quienes ha crecido. Algo similar sucedió con los seres humanos mientras no superamos el estado de la horda: solo quienes nos rodeaban eran dignos de nuestra confianza.

La ética en ese largo momento de la evolución estaba confinada a la protección de “los tuyos”. Matar a otros resultaba normal y éticamente incuestionable. La ética evolucionó y logró algo que los chimpancés no pueden: respetar a alguien que no conoces. Tenerle consideración y hasta ayudarlo. He ahí la noción de nación. Somos todos partes de una inmensa comunidad imaginada. Imaginamos que hay otros bolivianos igual que imaginamos que Aquiles se enfrentó a Troya o el Txato fue asesinado por ETA, en Patria de Fernando Aramburu.

La lectura abre la mente a esta alucinante manifestación del cerebro: la abstracción que genera ideas no asibles pero reales. Leer te lleva más allá de lo real y no leer te obliga a sumergirte en lo real (inmediato). Recuerdo una vez que preguntaron a Evo Morales (no sé cuán cierta es la anécdota): “¿Con que es que sueña usted?”, y la respuesta es hiperrealista: “con dormir seis horas al menos”. Considero que en ese “sueño” está la clave de los cientos de canchitas desplegadas por el país, caminos construidos, dineros distribuidos a través de bonos y demás obras concretas. Obras reales, hiperreales. Evo no ve más allá de lo inmediato. Evo no ha salido jamás de esa fase de la humanidad: el tribalismo. Confía solo en su clan y los otros no solo no existen, sino que pueden ser obviados. Es el triunfo de la ética de grupo que no puede abstraerse e imaginar un todo. Evo, por ello, gobierna para los suyos y no para todos.

Escuché la entrevista que Roxana Lizárraga hacía a Carlos Valverde comentando su excelente investigación sobre Gabriela Zapata. Valverde, en ella, tacha a Morales de sociópata: “no quiere a nadie”, nos comenta. Y tiene razón. No quiere a nadie, pero eso no lo hace sociópata. Los sociópatas surgen en sociedades modernas. Son la expresión más dramática del individualismo moderno. Son seres solitarios que responden, por así decirlo, a sus propios devaneos. Imaginan mundos diferentes. Mundos espantosos, más cercanos a utopías negras, ciertamente, pero imaginan. Evo es todo lo contrario: es producto del tribalismo más puro. Es el hijo más célebre de la horda que no imagina, protege.

Jamás salió de ese estado tribal por una razón: no leyó. La sala de lectura que instalaron en el piso 25 del Palacio es una broma macabra. ¿Mera anécdota? No, el destino del país está en alguien que no ve más allá del miércoles 31 de julio en que escribo estas líneas. Y ese es paradójicamente su éxito por el motivo que hoy se confirma: Evo no es la excepción. Es uno más de los que solo ven, tocan y oyen. Es uno más de los que no imaginan.

Diego Ayo es politólogo.