14/02/2021
La madriguera del tlacuache

Sueño que el maldito virus se va por donde llegó

Daniela Murialdo
Daniela Murialdo

En uno de los truculentos cuentos del escritor uruguayo Horacio Quiroga, la protagonista comienza a desarrollar una enfermedad inexplicable que la lleva a la muerte. Días después del fallecimiento la sirvienta descubre que dentro del almohadón sobre el que dormía la difunta se ocultaba un pequeño animal que con paciencia le había estado carcomiendo la cabeza, restándole todas sus fuerzas y provocándole alucinaciones.

Luego de varios meses de tener los sueños más extraños, sin consumir LSD ni otras sustancias (juro), me poseyó la idea de que quizás haya escondida en mi almohada alguna de las cepas del coronavirus. Esos raros sueños comenzaron casualmente con su llegada a nuestro país. El virus, que aún no se anima a infectarme, se encarga cada noche de recordarme que está aquí, para enfermar y hasta matar. Y en ese su afán no pierde la oportunidad, además, de ridiculizarme en mis propios sueños, que encima debo contar para exorcizarlos.

Está pues comprobado que uno de los espacios que el Covid-19 (me niego a feminizarlo) usa para burlarse, es el onírico. Desde su aparición masiva, el virus se las ingenia para exacerbar al inconsciente exaltando las preocupaciones. Ahora nuestras pesadillas versan sobre la falta de barbijos en reuniones masivas; cuarentenas vividas con extraños; estrujones de manos habiendo olvidado en casa (¡ay!) el alcohol en gel; o lo más terrorífico: cariñosos abrazos que algún imprudente, aunque muy querido, nos da. 

Hace unos días soñé que me designaban presidenta del Senado. Pero la pesadilla no terminaba ahí. Cuando me llamaban a prestar el juramento, advertía que llevaba puesto uno de los buzos deportivos con el que he transcurrido gran parte del encierro.  

Freud decía que los sueños son una realización alucinatoria de los deseos. A eso yo agregaría que también son una magnificación abusiva de los temores. El inconsciente se guarda para sí esos deseos y temores y nos los revela mientras dormimos. Claramente no deseo ser, ni postularé (juro, también) a presidenta del Senado, pero sí temo salir en televisión con un atuendo que, a estas alturas, ya podría presumir de ser pijama.

Desde siempre recuerdo lo que sueño (retengo por lo menos uno de los diez o doce sueños que todos tenemos aunque creamos que no hemos soñado nada). Luego me paso el día interpretando la presencia de extraños o las vivencias en lugares ajenos. Sé, eso sí, que sus símbolos no son los que aparecen como en el zodiaco, al lado de la cartelera del cine de algún anacrónico periódico impreso. Que si sueño que se me caen los dientes no significa que recibiré dinero o que morirá una tía. Y que es posible, más bien, que esté sintiendo algún desarraigo emocional.

Cuando mi hermana menor tenía cuatro años la llevaron con el psicólogo porque soñaba a menudo con arañas diminutas. Los arácnidos suelen ser temerarios e invasivos, aunque sean pequeños. El diagnóstico llegó pronto. Esas arañitas no simbolizaban –como alguien pensaría– a nuestra madre (pues no eran grandes ni soberanas). Esas arañitas representaban a su hermana. O sea, a mí. Que con tres años más, un aire perennemente maternal, y nada de autoridad, la he debido amenazar indeliberada o tal vez deliberadamente con imposiciones propias de quien debe demostrar que lleva más tiempo en este mundo. Solo espero que ahora ella sueñe con coloridas mariposas.

Es probable que en tiempos de tormentas como el actual, haya que poner más atención a nuestros sueños y a su singular simbología. Intentemos por eso interpretarlos desde nuestros temores o deseos. Oigamos a nuestro discreto inconsciente. Si como yo, descubren que un bicho oculto en su almohada juega con su cabeza en las noches, con el solo ánimo de ponerlos inseguros, háganle saber que esta pandemia llegará a su fin, que seguirán cuidándose y cuidando a los suyos y que bien puede irse por donde llegó. 

Daniela Murialdo es abogada.



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