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20/06/2022
Posición Adelantada

Las lecciones económicas de una final soñada

Antonio Saravia
Antonio Saravia
La final del torneo Apertura del pasado 12 de junio dejó importantes lecciones económicas que valen la pena anotar. Démosle un respiro entonces al fin de la era del gas, al galopante déficit fiscal y a las raquíticas RIN. Hablemos hoy de la gran final que ganó el Bolívar y en la que perdió por goleada la eficiencia.

La expectativa que generó el clásico Bolívar-Strongest fue enorme. Los tradicionales rivales habían sido los mejores del torneo y llegaban afilados a la final soñada. El estadio Hernando Siles tiene una capacidad de 41.000 asientos y la Federación Boliviana de Fútbol decidió poner 36.000 entradas a la venta. El gran interés por el partido hacía que estas entradas fueran un recurso tremendamente escaso que llegaría a muchas menos personas de las que querían tenerlo.

La final soñada reflejaba entonces el problema fundamental de cualquier sociedad: los recursos son escasos y el reto es encontrar la mejor forma de distribuirlos. Afortunadamente, los seres humanos descubrimos hace ya miles de años un mecanismo que resuelve el problema eficientemente: el libre mercado. Aquellos que quieren el recurso escaso compiten por su posesión en el mercado ofreciendo un precio de compra. A medida que sube el número de personas que pujan por el bien, el precio que garantiza dicha posesión también lo hace. El libre mercado (la competencia) produce entonces, de forma natural, un precio (que los economistas llaman “de equilibrio”) al que la cantidad demandada del recurso es igual a la ofrecida.

El libre mercado es un mecanismo eficiente por varias razones. 1. Asignar los recursos escasos a aquellos que ofrecen un precio mayor garantiza que los que valoran más el bien (reflejado en su disponibilidad a pagar) sean los que lo obtienen. 2. Dado que el precio fluctúa libremente hasta que la cantidad demandada es igual a la ofrecida, el libre mercado garantiza que no existirá desabastecimiento (todo el que quiera el recurso y esté dispuesto a pagar el precio de equilibrio lo podrá adquirir) ni desperdicio (toda unidad del recurso encontrará un comprador). 3. A medida que el precio sube por la competencia, este se convierte en una poderosa señal que muestra a los demás que vale la pena buscar alternativas. La subida de precios descongestiona la presión por obtener el recurso. 4. Esa misma subida del precio es también una poderosa señal para los productores que verán que es un buen negocio producir el bien o recurso en cuestión. Esto generará incentivos para producir más, lo que hará que en el futuro el recurso sea más accesible.

Es importante enfatizar que para lograr la eficiencia que acabamos de describir, los precios deben fluctuar libremente hasta alcanzar el equilibrio. Cuando los gobiernos fijan precios persiguiendo “objetivos sociales” los beneficios descritos en el párrafo anterior desaparecen y la asignación de recursos es ineficiente. Los países reducen, entonces, sus oportunidades de desarrollo. 

Aunque todo esto parece muy lógico e intuitivo, a los políticos les cuesta mucho entenderlo y en casi todos los países, sobre todo en Latinoamérica, existen precios controlados. Gracias a Dios, sin embargo, la viveza criolla entra en escena y resuelve parcialmente la ineficiencia a través de mercados informales. Al margen de la legalidad (haciendo caso omiso a los controles de precio), los vendedores y compradores informales venden y compran hasta que el precio vuelve a ese equilibrio natural que los gobiernos prohíben alcanzar. El mercado informal restaura, entonces, el precio de equilibrio y elimina el desabastecimiento o el desperdicio. 

Volvamos ahora a la final soñada. Aunque aquí no parece que hubiera habido una directriz del gobierno central de fijar precios, la FBF (el ente que gobierna el fútbol) fijó una escala claramente desalineada con el precio de equilibrio. Los precios iban de Bs. 60 a Bs. 220 ($us 9 a $us 31) lo cual era, desde todo punto de vista, un rango muy bajo para el calibre del partido. A esos precios, la cantidad demanda fue muchísimo mayor a la ofrecida y el desabastecimiento resultante produjo un verdadero caos: colas enormes (gente que estuvo en la calle muriéndose de frío por más de 24 horas), peleas, protestas, bloqueos, funcionarios nerviosos que cerraban boleterías, las abrían horas más tarde y las volvían a cerrar, etc. Sinceramente, viendo las imágenes, debemos agradecer que no tuvimos que lamentar desgracias personales. En un mercado eficiente, los precios hubieran sido mucho mayores y, por lo tanto, mucha menos gente hubiera tratado de comprar entradas pasando por una pesadilla que no garantizaba nada.

La viveza criolla ayudó. Los revendedores entraron en escena y resolvieron parcialmente el problema restaurando el precio de equilibrio. Los revendedores son las personas que hacen la cola de 24 horas (o más) y consiguen entradas que después revenden a aquellos que no pueden o no están dispuestos a pasar por el calvario. Los revendedores prestan ese servicio asumiendo un doble riesgo: uno de mercado (pueden quedarse con las entradas en la mano o no venderlas a un precio que justifique su sacrificio) y uno legal (pueden ir presos). Gracias a su emprendimiento, los revendedores ponen las cosas en su lugar: los precios de reventa son los precios que la FBF debería haber fijado desde un principio. Algunos reportes indican que estos llegaron a ser cuatro veces su valor original.

¿Qué pasa, me dirán, con el humilde hincha que no puede pagar más y hubiera podido comprar la entrada que compró el revendedor? Es muy poco probable que lo hubiera podido hacer. Las entradas se agotaron en cuatro horas y literalmente miles de hinchas se quedaron sin boleto. Además de humilde, ese hincha tendría que haber vivido en la calle al menos 30 horas. Aunque el revendedor es despreciado por la opinión pública y la policía lo persigue, este solo lleva adelante un emprendimiento que le hace la vida mejor a los que prefieren evitarse esa pesadilla.

Es cierto que mucho del caos se hubiera evitado si la venta se realizaba por internet. Pero eso no hubiera resuelto el problema central. Las entradas se hubieran agotado probablemente en minutos y mucha gente que tenía la plata para comprarlas también hubiera salido a protestar. No les cuento el lío que se hubiera armado si el servidor se caía por el alto tráfico. No, la solución no pasa por el método de venta sino por los precios. Los desabastecimientos desaparecen cuando los precios llegan a su equilibrio. Los clubes y la FBF recaudaron menos de $us 500 mil por el partido. Poquísimo para la final soñada. Con precios más altos se hubiera recaudado más, no hubiera habido negocio informal para los revendedores y se le hubiera evitado el calvario a mucha gente. A ver si aprendemos y la próxima final es realmente soñada y no pesadillesca.

Antonio Saravia es PhD en economía (Twitter: @tufisaravia)



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