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08/12/2021
Sin reservas

El hombre de mis sueños

Odette Magnet
Odette Magnet

Anoche soñé con Gabriel Boric, susurra Francesca, mientras levanta su taza con un expreso que se enfrió hace rato. Así como erótico, le pregunto en mi semi serio, y la miro fijamente sin saber qué más decirle. Ella toma un sorbo de su café frío, me devuelve la mirada y me dice no, mucho mejor. Y sonríe.

El Tavelli ha vuelto a la vida. Los mozos, pasan raudos entre las mesas con las bandejas en alto como si cargaran copas olímpicas. Las mujeres estallan en carcajadas, los niños gritan, los hombres se saludan con fuertes palmotazos en la espalda. Los perros ladran y hace un calor de cuarenta grados, nena. Los helados se derriten y los cubos de hielo en los vasos de agua se deshacen con sólo mirarlos.

Francesca, la boricesca, le digo en un tono que quiere ser amable. Un intento de que no se distraiga, que siga con su relato.

-No es broma -me dice-con el ceño fruncido-. Era en un pueblo del sur, no sé dónde, pero estábamos como en el campo, con un volcán como telón de fondo. Una luz dorada iluminaba las copas de los árboles, soplaba una brisa suave. No había pandemia, nadie usaba mascarillas. La gente, entusiasmada, lo aplaudía a todo dar y gritaba su nombre. Fue tan real, tan real. Estaba parado sobre un tremendo escenario y hablaba de un país justo, de educación de calidad, de salud, del derecho a vivir en paz y con dignidad. Aunque lo interrumpían harto. Yo estaba cerca de la tarima con un mino que no conozco.

No me atrevo ni a moverme para no interrumpirla. Ella apoya ambos codos sobre la mesa y se enfunda la cara con sus manos de dedos largos y huesudos. Lanza una tos poco convincente, más que nada para marcar la pausa.  Ha crecido mucho, dice, se mandó un discurso notable, propio de un estadista, maduro, articulado. Ya no era el candidato sino el presidente de todos los chilenos, con una visión de futuro que tienen los grandes, los elegidos. La banda presidencial le cruzaba el pecho. Se veía tan solemne, con sus palmas juntas como si fuera a rezar.

-Es el hombre de mis sueños-remata con una sonrisa pícara.

Quisiera decirle que nadie crece mucho entre una primera y segunda vuelta, pero temo que se enoje, que se vaya y me deje sin conocer el final del sueño. Pero qué decía de nuevo, le pregunto, mientras le hago señas a un mozo para que se acerque.

Antes que me conteste le aseguro que me gusta mucho Boric, buen candidato, sólido, pero demasiado joven. No tiene la experiencia que se requiere en momentos tan cruciales. Gobernar a Chile en los próximos cuatro años será como subir el Everest a pie pelado. Además, me da la idea de que estoy votando por mi hijo, aunque obviamente marcaré uno en la segunda vuelta. Con José Antonio Kast ni a la esquina, ni loca. Como si no hubiera bastado con 17 años de dictadura para elegir al heredero de Pinochet voluntariamente. El mundo al revés. Será imposible gobernar a un país pulverizado, con mucha bronca y poca paciencia. Las semillas de la desconfianza y el temor han caído en lo profundo del alma de la patria, herida por el abuso, el engaño, el poder desmedido de unos frente al desamparo total de otros.

Francesca, la boricesca, tiene treinta años. No tiene miedo ni memoria. Va con todo, como le gusta decir a ella, y apuesta al cambio en todas sus formas, a concho. Esa es la palabra clave, lo que los ciudadanos y ciudadanas esperan y reclaman. Se declara feminista, bisexual, independiente pero no neutral. Cuando el mozo llega a la mesa ella le dice de corrido cómo está, no deje de ir a votar, vote Boric, no se equivoque, y tráigame, por favor, otro expreso. La gente le tiraba claveles rojos a Gabriel, me cuenta con entusiasmo, y de pronto aparecieron cientos de banderas chilenas y mapuche flameando al viento. También elevaron globos con el rostro de Boric. Recuerdo esa luz ocre, maravillosa. No había nadie más en el escenario hasta que una señora de falda negra y blusa blanca subió con la frente en alto, y comenzó a bailar la cueca sola, aquella que bailan las mujeres de los familiares de detenidos desaparecidos. Y él se acercó, la abrazó y bailó con ella, sin música, en completo silencio.

Se le quiebra la voz. Cuando levanta la vista y la taza, sus dedos huesudos tiemblan un poco. Una lágrima amenaza con tirarse, en picada, mejilla abajo. Seguimos, me dice, con un segundo susurro. A mí no me desaparecieron a nadie, me advierte con dificultad, ni me torturaron ni secuestraron ni amenazaron. Nací en democracia, he tenido una vida buena, más bien con muchos privilegios. En rigor, debiera votar Kast para que todo siga igual.

-¿Y por qué no lo haces?-le pregunto, sin rodeos.

-Porque no se trata de mí y de mi familia, como plantea él. Para Kast hay una sola secuencia: ser profesional, casarse, un hombre con una mujer, por supuesto, tener una familia bien constituida, entre comillas, con todos los hijos que traiga Dios, y ser feliz. No hay más. Es imperativo romper la burbuja. Somos una nación, diversa y profundamente desigual. Hay millones de chilenos y chilenas que persiguen otros sueños y ya es hora de que les toque a ellos. Se lo merecen con creces.

Desde su trinchera, Kast ha perdido su blanca palidez en el viaje al norte. Su mirada, sin embargo, es siempre la misma, la de un pájaro herido, enjaulado. Porque sabe bien que aquí no está en juego la libertad, como dice él en forma majadera, sino la democracia. O, si se quiere, algo mucho más profundo, la búsqueda de la felicidad, como escribió Thomas Jefferson. Como un derecho, no una concesión. Por eso amenaza, acusa, atemoriza. La triple A.

Me cuesta tragar. Quisiera consolarla, levantarme y abrazarla, pero no puedo. Me siento torpe, inútil. Frívola. Quisiera decirle que la quiero a ella y sus sueños. No me atrevo, aunque nadie nos mira. No quiero interrumpirla porque, más que nada, necesito escucharla, con todo el tiempo que se quiera dar. Para que me hable de sus certezas, sus apuestas, sus urgencias de cambio. Porque ella también, me dice, ha emprendido la búsqueda de la felicidad, pero, a la par de la felicidad de otros, de tantos otros, también los ausentes que lucharon por un país con justicia social.

Con dos proyectos en pugna, temo que el lado perdedor no se sentará, precisamente, a jugar naipes. Le tengo terror a la violencia, venga de donde venga. Añoro un país diverso, tolerante, en el cual todos tengan oportunidades reales de crecer y de ser lo quieran ser. Por ahora, todo se mueve en pistas paralelas en este gran circo nacional: el cuarto retiro no llega a puerto, pero el quinto ya viene. La televisión transmite las 27 horas de aleteo teletónico con su formato trasnochado. La doctora Siches se sube al bus rumbo al norte, decidida a golpear el millón de puertas porque la esperanza es lo último que se pierde. Y, para rematar, la variante Omicron aterriza en Chile porque, claro, sólo era cuestión de tiempo. Pascua feliz para todos.

El ambiente está caldeado y no sólo por el cambio climático.

El candidato prófugo del trece por ciento invita -desde USA- a los bad boys a portarse bien y a debatir sin miedo, en su programa de alto rating. Hagan sus apuestas y confirmen asistencia. Kast dice yes, Boric, maybe. Aprovechando sus quince minutos de fama, Parisi pone las reglas del juego. Mal que mal, sacó casi un millón de votos, un botín disputado por la voraz dupla contrincante.

Estiro mi mano sobre la mesa y tomo la de Francesca. Respiro profundo y le digo que quisiera acompañarla en ese camino, si me deja. O al menos que sepa que su apuesta también es la mía, que le creo a ella y a Gabriel, y a todos los anónimos y desterrados que se han sumado porque ya no hay vuelta atrás. Será cuesta arriba, le advierto, porque exigirá lo mejor de nosotros. También seremos testigos de lo peor, el lado oscuro de cada uno y una. No habrá un camino corto ni atajos. Pero también sé que, más temprano que tarde, en la búsqueda de aquella furtiva felicidad, saldremos a esa luz ocre, luminosa, tan largamente anhelada. Y todo habrá valido la pena.

Odette Magnet es periodista y escritora chilena



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