03/10/2020
Otra vuelta

El día más feliz de una vida en riesgo

Marco Gandarillas
Marco Gandarillas

Algunas reacciones mordaces a una reciente entrevista realizada por Rafael Sagárnaga (Los Tiempos 29/09/2020) a Edgar Villegas y titulada “El día que Evo renunció fue el mejor de mi vida” permiten evidenciar la falta de memoria sobre la violencia política en el último gobierno. Las burlas prescindieron del contexto y contenido de la entrevista. Lo que Edgar vivió en los días previos a la renuncia de Morales fue una verdadera pesadilla y por ello no debería extrañar su alivio al sentirse a salvo. 

Este no fue sino uno de miles de casos. Las formas de perseguir, torturar y matar del masismo se caracterizaron por su extrema crueldad. Sin embargo, no se trató solo de disfrutar el dolor ajeno. El sufrimiento de un oponente específico les permitió desplegar un efecto disciplinante en la sociedad. Sus listas negras marcaban el fin de la vida o la tranquilidad en la vida de personas, familias y sectores sociales enteros. En ese sentido, podemos hablar de una política de miedo, empleada para reafirmar su poder sobre sus oponentes y la sociedad misma.   

A José María Bakovic, un anciano de 74 años, lo mataron de a poco. Le hicieron sufrir hasta su último aliento obligándole a defenderse de 72 juicios en 7 diferentes departamentos. Su muerte mandó un mensaje a las autoridades todavía institucionalizadas: “déjennos tomar las instituciones o váyanse sin oponer resistencia”.  

Con Svonko Matkovic, hijo del líder cívico cruceño, que fue acusado sin pruebas del caso terrorismo y encarcelado ocho años sin sentencia, mandaron otro mensaje: “sométanse o sus hijos y seres queridos pagarán las consecuencias”.

El mensaje “no tenemos ningún limite moral” fue dado con las ejecuciones extrajudiciales en el hotel Las Américas. Con ese caso, además de liquidar a la oposición social y política cruceña, desplegaron formas de exposición de su talante implacable.

Gary Prado, general retirado del Ejército, a pesar de su avanzada edad y su delicado estado de salud, estuvo preso varios años sin sentencia. Forzado a comparecer en audiencias judiciales deshaciéndose de dolor.

El ex senador Roger Pinto (+), vivió un año refugiado en la embajada de Brasil a donde tuvo que huir con ayuda de ese gobierno. Después de él, la oposición moderó bastante sus denuncias de corrupción. Solo cosas menores, casi siempre de boca para afuera.

En los casos anteriores reside la explicación de por qué gobernaron prácticamente sin oposición política. Porque desbarataron, con su política de miedo, casi todo atisbo de fuerza política que estuviese fuera de su control. El miedo que sembraron en asambleístas, gobernaciones y alcaldías opositoras les permitió reducir a su mínima expresión a las potenciales alternativas de poder. ¿Cuántos juicios le sembraron a Carlos Mesa desde 2018?

La política del miedo se empleó de forma más implacable con los aliados que se desmarcaban. A Marco Antonio Araníbar, exdirector del Fondo Indígena (Fondioc), que denunció las irregularidades de las autoridades y líderes sociales que manejaban esa instancia en la que se malversaron aproximadamente 545 millones de dólares, le fabricaron 250 procesos judiciales por los que continúa preso desde hace más de 5 años.

Walberto Cusi, exmagistrado del tribunal constitucional, fue lapidado públicamente por el ex ministro Calvimontes. El juicio de destitución en la Asamblea Legislativa fue un acto de tortura pública hacia él y su anciana madre. 

A Rebeca Delgado y Eduardo Maldonado Iporre, exdiputados del MAS, les impusieron la muerte política por “librepensantes”. El mensaje que mandaron con todos ellos fue: “En el MAS, pensar es un delito que se paga muy caro”.  

La rebeldía popular y especialmente indígena fue también víctima de esa política. Adolfo Chavez y Félix Becerra fueron implicados, sin pruebas, en denuncias de malversación del FONDIOC, uno fue encarcelado por dos años y otro tuvo que huir del país. Con el sufrimiento de Franklin Gutierrez, líder de Adepcoca, trataron de doblegar a su sector. Sus casos mandaron un mensaje a los sectores más rebeldes: “sométanse o vamos a encontrar cómo destrozarles la vida”.  

La lista es larguísima e incluye a periodistas, medios, abogados, ONG, analistas, etc. Básicamente toda persona o entidad con una opinión o práctica que considerasen “opositora”. Su forma de gobierno se basaba en influir temor es por eso que, al lado de Quintana o Romero, Murillo es un aprendiz.

Estas prácticas se replicaron en casi todos los espacios de poder bajo su control. En la UMSS, por ejemplo, su representante partidario ha perseguido durante toda su gestión, a través del uso de medios de represión internos (como destituciones) y del poder judicial, a todos sus detractores. Incluso reconocidos profesionales como Chaly Crespo, recientemente, han sido objeto de estos actos por expresar públicamente sus criticas al partido azul.

El miedo afectó severamente nuestro tejido social. Muchas víctimas sufrieron en soledad, sin ningún tipo de solidaridad. Los victimarios banalizaron su dolor. El Estado tiene pendientes varios desagravios y procesos de reparación. Desde la sociedad queda la tarea de recuperar la memoria. 

Marco Gandarillas es sociólogo.