04/09/2020
Articulista Invitado

Conspiracionismo y extremismo de la derecha actual

Fernando Iturralde
Fernando Iturralde

En los últimos días hemos sido testigos de cómo el discurso conspirativo más marginal se ha hecho un discurso público aceptable. Nos referimos, como reza nuestro título, a las teorías de conspiración de extrema derecha. Esto al menos en función de lo que se pudo ver como parte de la campaña oficial del Partido Republicano en los Estados Unidos; pero es algo que los polítólogos gringos también sabían. Trump introdujo la conspiración al discurso público desde los márgenes y eso hizo que todo se volcara más a la derecha (sin querer decir que la extrema izquierda no es conspiranóica, lo es, al mismo nivel casi).

Como decíamos, hemos escuchado este discurso delirante de derecha: se compone de los elementos clásicos del relato conspiratorio como (1) identificar a grupos que nos quieren hacer supuestamente daño, entre otros por ejemplo al millonario izquierdista Soros o, ahora que estamos en tiempos de COVID-19, al fundador de Microsoft, Bill Gates. Ello se añade a (2) la idea de que esos personajes disfrutan de un poder infinito, al punto de que los mortales comunes no podemos concebirlo (por ser excesivo o por ser llanamente criminal: pedofilia, incesto, tortura, etc.). Finalmente (3), está la idea a lo urgente de la situación: si no despertamos hoy, ahora, será tarde y nos dominarán (cosa que nunca se cumple, por cierto). Hay infinidad de rasgos más, pero en este artículo de opinión bástenos con esta tríada.

La pregunta fundamental que hay que plantearse es por qué estas narrativas son tan populares. ¿Por qué un buen porcentaje de la población global actual prefiere las versiones, no solo conspirativas, sino pseudocientíficas de las explicaciones? ¿Por qué se opta con más facilidad a investigar en la conspiración y no en la ciencia? Y, por último, con igual importancia, ¿en qué medida estas reacciones radicales en la derecha son un producto inmanente del modo de pensar conservador? Sostenemos que esto tiene mucho que ver con la influencia de los radicalismos a nivel global y con el desprecio de lo intelectual en tiempos de crisis. Pero en general, nuestro punto principal es que la derecha, llana y simple, ha usado instrumentalmente estos relatos para atraerse simpatías.

Un primer punto que debemos hacer para demostrar esa hipótesis es que, en general, la población boliviana, pero también la global, tiende a despreciar las labores intelectuales y educativas. Lo vimos ya con la forma en que se lidió con el tema de la clausura del año escolar y lo vemos constantemente en la forma en que muchos padres de familia están dispuestos a “sacrificar” la educación de sus hijas e hijos en nombre de una supuesta practicidad que estos no aprenden en el colegio. Es el mito clásico de que el colegio no sirve para nada, tan solo para que las pequeñas de la casa aprendan a socializar y a hacer amigas. Como se ve, la labor docente es rebajada a la de alguien que solo se ocupa de cuidar a niñas o jóvenes. Los contenidos nunca han importado; ¿o acaso alguien recuerda algo de lo que aprendió en el colegio?

Un segundo punto que debemos hacer es que el cerebro humano y nuestra psicología están constantemente buscando la novedad, lo excitante, lo diferente, incluso lo peligroso. La mente humana prefiere las explicaciones que abren la posibilidad a cosas fantásticas e increíbles. Este sesgo es muy común en la investigación de ciencias sociales, y a veces se infiltra en las explicaciones de las ciencias naturales. En ciencias sociales, como decíamos, el riesgo es mayor de caer en el sesgo porque tendemos a mitificar más a los agentes sociales. Es más bonito pensar que las sociedades agrícolas fueron comunidades armónicas sin conflictos que tratar de analizar las complejas relaciones sociales que se tejían en ellas. Pero también es más fácil creer que hay un plan malévolo o maligno detrás de las coyunturas más significativas.

Un tercer aspecto a tomar en cuenta es que la derecha radical o extrema instrumentaliza estos elementos para formular teorías que tienen como agentes principales a los izquierdistas. Esto es un reflejo monstruoso e imitativo de lo que era la práctica común de la izquierda: acusar a los agentes globales por los males locales. El mayor problema de esa orientación conspiratoria de la extrema izquierda es que mucho de lo que propone como conspiración es cierto y se puede verificar hasta cierto grado (sobre todo históricamente). En cambio, las conspiraciones que la derecha instrumentaliza hoy son simplemente acusaciones persecutorias: ¿realmente alguien cree que el colectivo TLGBQ va a emponzoñar la mente de nuestros jóvenes con pedofilia? ¿Realmente creemos que los seres humanos requerimos de una sociedad heteronormada cuando hay sobrepoblación y nos estamos yendo a la mierda ecológicamente?

Por falta de espacio, nos detenemos; pero aprovechamos para declarar algo que nos traerá problemas seguramente. Para nosotros, las personas que creen en estas conspiraciones infundadas son simple y llanamente necias. Y nos remitimos a un principio que el profesor Libardo Tristancho, de la Universidad Católica Boliviana explicó hace poco en una brillante conferencia sobre Séneca: a los necios hay que ignorarlos, porque ya perdieron la oportunidad de ser educados.