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Cultura | 04/09/2022

“Sandman”

“Sandman”

Sandman, el dios del sueño. Foto: cbr.com

Fernando Molina/Brújula Digital |04|09|22|

(Este texto pertenece a Tres Tristes Críticos- Libros y Artículos)

Cuando se trata de cómics, la palabra clave es “ramificación”. Un historia que es la ramificación o que se ramifica en otras. Hay que comenzar, ciertamente, en alguna parte. Por qué no hacerlo con Alan Moore, considerado el “más grande escritor de historietas de la historia”. Hagámoslo, aunque Moore solo sea un predecesor muy indirecto de “Sandman”. Hacia 1984, este escritor británico arriba a las costas estadounidenses y comienza a trabajar para la DC, que como se sabe es una de las más grandes empresas de cómics del mundo. Reescribe “Sawmp Thing” y la convierte en un gran fenómeno popular. Tres años después, aleccionada por este ejemplo, la editora de DC Karen Berger se marcha a Londres a reclutar más talento británico. Entre los escritores que contrata está un desconocido periodista llamado Neil Gaiman, que tiene una propuesta para una historieta basada en el popular personaje mitológico “The Sandman”, equivalente anglosajón del latino Morfeo, el dios del sueño. Como el personaje ya estaba siendo aprovechado en otra serie, Gaiman queda a cargo de “Orquídea Negra” y luego guioniza “Casos violentos”. Tras ello, habiendo pagado derecho de piso, propone una vez más su versión muy personal de “The Sandman”.

Según Berger, la primera parte de esta nueva historieta, titulada “Preludios y nocturnos”, tenía una buena ambientación, pero al mismo tiempo constituía “material convencional”. Sandman, el dios del sueño, era atrapado por el conjuro equivocado de un mago humano, que después lo encerraba por 70 años (en la serie televisiva se convertirían en 105 años, a fin de que su liberación fuera coetánea con la fecha de la producción, 2021). Como consecuencia, luego de su liberación, el “Eterno” debía recuperar las “herramientas” que le habían robado, a fin de volver a poseer todo su poder.

Se trataba, en efecto, de un tema trillado, incluso porque los personajes involucrados eran ocultistas chiflados y otros personajes de la DC, como el Dr. Destiny (como ya dijimos: ramificación). Pero el ambiente de “The Sandman” era distinto, la elevación en el tratamiento de la historia resultaba singular, Geiman no era un autor común. Todo esto comenzó a hacerse notar de forma más clara a partir del octavo capítulo, momento en que se acaban las peleas y las misiones (bueno, es un decir: se vuelven menos importantes), y la historieta sale del género del terror para entrar en el fantástico-mitológico. Desde este hito, el asunto es presentar y explorar las “relaciones familiares” de Sandman, que es hermano de Muerte, Deseo y Desesperación. Y presentar y explorar sueños.  

Vale la pena narrar brevemente el capítulo que marca esta inflexión. Sandman está deprimido porque, luego de su prolongadísima reclusión, la recuperación de sus poderes no le ha devuelto ni la felicidad ni la paz. Porque carece, por decirlo así, de un sentido por el que vivir (para siempre). Se le aparece entonces, para confortarlo, su hermana Muerte, que lo lleva junto a ella a lo largo de su jornada laboral, entre terrorífica y consoladora, en la que debe recolectar las almas de los que mueren. En cierto momento, Muerte le explica que: “el sentido de nuestra vida (eterna) es servirles a ellos”, es decir, a los mortales. Y entonces Sandman le agradece la lección: “He aprendido de nuevo algo que sabía hace mucho”. A continuación se narra otra historia solo ligeramente conexa: la amistad entre Sueño y un humano que, por dictamen de Muerte, no puede estirar la pata. Se trata de una referencia divertida y tierna a las leyendas sobre almas vendidas al demonio y pactos infernales entre personajes mitológicos. El resultado de conjunto es levemente inquietante, pero atractivo.

“The Sandman” se fue convirtiendo, progresivamente, en un paradigma dentro del mundo del cómic. Para comenzar, no trataba de superhéroes (aunque sí de sujetos con poderes sobrenaturales, pero no es lo mismo). Hoy se considera la más influyente y popular historieta que no incluye superhéroes de la historia (este mundo está colmado de títulos de esta clase). Para seguir, tiene final, lo que complota con la susodicha “ramificación” de los cómics. Es algo que solo se permite a los grandes autores con grandes éxitos o, quizá, a los grande autores que no han logrado un anhelado éxito. Producir los cómics en volúmenes, algo en lo que tuvo que ver “The Sandman” notoriamente, inició el género de las novelas gráficas, hoy tan importante. Y en torno a la propuesta de Geiman, DC creó el sello Vértigo, para publicar propuestas distintas a las convencionales, aunque siempre dentro del cómic mainstream, es decir, de aventuras.

Geiman cimentó su fama y luego escribió, además de cómics y novelas gráficas, famosas novelas convencionales para público juvenil, como “American Gods”, “Coraline” o “El libro del cementerio”. Se ha convertido en un personaje de la cultura pop, con apariciones en los Simpson y un matrimonio muy mediático con la cantante punk Amanda Palmer.

También es el principal adaptador de su serie de historietas a la pantalla. ¡Ramificación! Su propuesta es una traducción bastante lineal respecto del original, aunque más elegante, claro, ya que los cómics son en general, y deben ser necesariamente, estridentes. El fichaje de buenos actores y la superproducción de los 11 capítulos que la constituyen, todos los cuales pueden encontrarse en Netflix, aseguran el disfrute de quienes tenemos inclinación por estas cosas. 

Fernando Molina es periodista, escritor y crítico del cine.



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