28/02/2019
H Parlante

Venezuela: ¿Y ahora?

Rafael Archondo Q.
Rafael Archondo Q.
El reciente 23 de febrero, muy pocos quisieron disimular su entusiasmo con respecto al futuro de Venezuela. Pensaron que un fenómeno político de 36 años de vida, como el chavismo, podía ser barrido en cuestión de horas con sólo poner comida y medicinas entre umbrales de ingreso fronterizo. Imaginaron olas incontenibles de hambrientos y enfermos desbordando al Ejército hasta obligarlo a abrir las puertas y dejar pasar la ayuda humanitaria. 

El modelo mental que los guiaba en sus acciones era el experimentado en Europa del Este, durante los años 90.

Esperaban una implosión del régimen chavista, es decir, un resquebrajamiento interno, el colapso de una estructura desvencijada, a la que un empujón bastaría para echar abajo. Subestimaron a Maduro, aguardaron el efecto dominó y se toparon con un puente cerrado. 

Este lunes, Iván Duque, presidente de Colombia, recapituló el plan en Bogotá. Con una precisión ingenua fue detallando lo que esperaban que ocurriera el sábado 23, desde Cúcuta, Pacaraima y el mar Caribe. Sin rubores, Duque usó el término exacto: “cerco humanitario”; es decir, colocar el objeto del deseo de las masas depauperadas por la escasez en tres lugares visibles y en una fecha anunciada, vía concierto en vivo.

 El objetivo confesado: erosionar con ese trípode a la mayoría de los mandos de Ejército de Venezuela.  Tan seguros estaban de tal desenlace, que invitaron al presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), de nacionalidad colombiana, a que adelante tratativas para financiar la reconstrucción del país. Venezuela le debe al BID más de 2.000 millones de dólares. ¿Estaba el acreedor jugando a ser actor político doméstico?

Juan Guaidó, el presidente alternativo de la oposición antichavista, salió de su país para intentar reingresar subido en un camión de regalos. Nada. El llamado “cerco humanitario” fue un papelón operativo, penosamente revestido por la presencia de decenas de activistas con chalecos azules en inglés, alentados por el hiperactivo Secretario General de la OEA y tres presidentes de nuestro vecindario. 

Mike Pence, el segundo de Trump, llegó 48 horas después de Washington a Colombia, con la misión de bendecir a los autores de la avalancha y brindar con ellos. Tuvo que aguantar que el Grupo de Lima planteara allí, por escrito, que la transición hacia la democracia en Venezuela deberá ser dirigida “por los propios venezolanos”, sin el uso de la fuerza. Un grueso traspié para los que batían tambores de guerra. 

No se produjo entonces la esperada implosión y diez países de América Latina le han hecho saber a Estados Unidos que quieren a Maduro fuera, sí, pero no por obra de sus bombardeos. Aquella fue la gran sorpresa de la jornada. ¿Acatarán los norteamericanos la salvaguarda de sus aliados del sur?

¿Qué hacer ahora? Urge una solución que haga prevalecer los intereses de América Latina. Ello requiere que ambos bandos en disputa entiendan que ninguno puede imponerse sobre el otro. Mientras esta convicción no se asiente en las mentes de los actores directos, una transición endógena, es decir, una forjada desde la entraña del continente, parece imposible. Por ello, el primer paso es sacar a las potencias foráneas del terreno. Ni Estados Unidos ni Rusia ni China tienen nada que aportar en este nuevo contexto. El carácter marginal del petróleo venezolano ayuda mucho en este sentido. 

El siguiente paso es el recíproco reconocimiento de ambos actores. Ni la oposición puede imaginar una transición sin el chavismo, ni éste puede planificar su futuro sin un fuerte compromiso de sus adversarios. El día en que los moderados de ambos bandos tomen el mando de cada mitad, se habrá abierto la vereda por la cual salir del atolladero. 

A Venezuela no le conviene caminar ni por la senda de la Panamá invadida por Bush padre, ni por la orfandad de Berlín oriental, ambos episodios ocurridos en 1989. Lo que este amado país requiere es una salida similar a la que se dio en España, tras la muerte de Franco, o en Perú, tras la fuga de Fujimori.

 Si la oposición quiere gobernar después de dos décadas de ostracismo, que gane unas elecciones completas y si el chavismo quiere prolongarse más allá de Maduro, que haga lo mismo. Ojalá hubiera un polo interno capaz de disolver todos los poderes y de renovarlos bajo reglas equitativas, y supervisión transparente. 

Venezuela merece un nuevo pacto nacional basado en procedimientos acordados que le devuelvan la voz a la gente y depure toda injerencia foránea.

Rafael Archondo es periodista.