01/07/2019
El Tejo

Se puede ir para atrás

Juan Cristóbal Soruco
Juan Cristóbal Soruco
¿Recuerdan la película en la que un viejo científico medio loco fabrica un automóvil para volver al pasado y, acompañado de un adolescente, parte a lo desconocido?

Algo así siento en las actuales circunstancias. El binomio inconstitucional y su entorno han logrado, rompiendo toda lógica, llevar al país hasta la década de los 70, y de alguna u otra manera, los actores políticos, hombres y mujeres, parecen hacerse subido a ese carro.

De hecho, hay similitudes entre ambos tiempos. La bonanza económica que vivió el país entre 1971 y 1978 fue también despilfarrada, y gracias a la demanda ciudadana y a la presión internacional, los dictadores de entonces tuvieron que llamar a elecciones.

Pero, primero organizaron una Corte Electoral totalmente sumisa a sus intereses. Luego, cooptaron varias organizaciones populares, particularmente la Confederación de Campesinos de Bolivia (que tenía el famoso pacto con las Fuerzas Armadas), cuyos dirigentes advertían a los opositores (entonces “castro-comunistas”) a no aparecer por sus regiones porque, de hacerlo, los iban a sacar a patadas, ya que sólo querían dividirlos. Los empresarios estaban desorientados, pues temían el retorno de los viejos dirigentes, la inestabilidad y, sobre todo, a los comunistas (fardo en el que metían a todos los opositores de las dictaduras, algo así como ahora todo opositor es aliado de la derecha y el imperialismo).

En el campo opositor, personajes de la sociedad reclamaban, a través de columnas periodísticas (no había las famosas redes sociales), la unidad de la oposición para derrotar a la dictadura y criticaban a “los viejos” dirigentes por hacer prevalecer sus intereses personales por sobre los de la sociedad.

Es que no podían comprender que ante un adversario tan poderoso como era la dictadura, personajes como Hernán Siles Zuazo y Víctor Paz Estenssoro no se unieran en un solo frente o que Juan Lechín, con el FRI de Motete Zamora, organizaran otra candidatura o que Marcelo Quiroga no sólo haya dividido el Partido Socialista, sino que insistiera en ir solo a las elecciones de junio de 1978 o que no aparecieran muchas figuras nuevas en las listas de candidatos…

Mientras tanto, los candidatos de la dictadura aupados desde la Presidencia de la República utilizaban todo el aparato estatal para hacer su campaña: aviones del Estado, funcionarios públicos, matones del Ministerio del Interior que más que cuidar a sus dirigentes trataban de apalear a los opositores (algo así como los actuales Ponchos Rojos).

Además, casi cada día los voceros del oficialismo anunciaban el descubrimiento de nuevos pozos de gas o petróleo, el dictador y su séquito iban de provincia en provincia arengando a no votar “por el pasado”, se reunían con autoridades departamentales y representantes de la sociedad (previa selección, para evitar sorpresas) para explicarles los peligros que se cernían sobre la patria ante los cuales sólo la unidad férrea con la Fuerzas Armadas garantizaba estabilidad y desarrollo.

Sin embargo, conforme avanzaban las campañas, crecía el entusiasmo de la gente y poco a poco ésta fue perdiendo miedo. Reconocía o conocía a los viejos y nuevos dirigentes políticos y cada vez aumentaban las adhesiones, pese a que las pugnas entre las diversas corrientes opositoras aumentaban en intensidad.

Llegó el día de las elecciones y la derrota de la dictadura fue contundente, pues no se aceptó el grosero fraude montado al punto que la Corte Electoral, que en un principio dio al binomio oficialista una mayoría absoluta, tuvo que revertir esa decisión y anular las elecciones. Pero, igual se derrocó al dictador, por golpe de su propio delfín.

De esa manera, comenzó otro ciclo… al que seguramente volveré dentro de poco con otra columna, gracias al viejo chofer del espacio, hoy convertido en binomio inconstitucional.

Una revisión de nuestra historia nos permite pensar que el país ha pasado por circunstancias aún más graves que las actuales y pudo enderezar rumbos. Eso sí, nada nos quita el mal sabor de constatar que, una vez más, hemos desaprovechado óptimas circunstancias para avanzar en la construcción de una sociedad moderna, plural, solidaria e institucionalizada.

Juan Cristóbal Soruco es periodista.