27/08/2018
Vuelta

Los Kjarkas, apóstoles de una religión en decadencia

Hernán Terrazas E.
Hernán Terrazas E.
Primero que nada, una confesión: nunca me gustó la música de los Kjarkas. El folklore medio dulzón y las canciones del estilo Boliviaaaaa, en las faldas… no me emocionaron antes ni ahora y no me hacen sentir más o menos boliviano, aunque eso sí y por suerte, vivo en las faldas de un cerro. Lo mismo me pasa con Viva mi patria Bolivia, que ni siquiera en el estadio me mueve un pelo.

Pero los Kjarkas indudablemente son famosos y convocan a mucha gente en sus presentaciones aquí y en otros países de la región, donde su estilo de música suena irresistiblemente “andino”.

Y han sabido utilizar su fama. Es más, se han hecho ricos no sólo por el éxito en la venta de sus discos, sino porque la suerte puso en su camino a un pirata que, sin pedirles permiso, transformó en lambada una de sus composiciones. Obviamente la consecuencia fue un juicio por plagio y el resultado una muy buena suma de dólares.

Los Kjarkas fueron siempre un buen vehículo para la publicidad. De hecho, le pusieron música al comercial de una popular cerveza valluna –“Date el gusto”– y de ahí en más frecuentaron también la política.

Después les perdí la pista y no escuché nada de ellos, hasta que su líder... Gonzalo Hermosa decidió convertirse en el apóstol de una nueva religión llamada evismo.

En realidad, su conversión viene de antes. En algunas fotografías, Hermosa, sus hermanos y otros parientes, aparecen compartiendo whisky del bueno con el Primer Mandatario y en otras muchas le pusieron la música de fondo a las bien sazonadas celebraciones populares del enviado de Dios.

A Hermosa, según se advierte en los registros históricos, siempre le gustó el poder. No la política. Solo el poder derivado de quienes lo ejercían. Estuvo cerca de Gonzalo Sánchez de Lozada y ha de haberlo estado también de otros líderes, aunque no se sepa de ello.

La fama de la que gozaron y gozan los Kjarkas les abrió puertas y los volvió útiles. Y ellos le sacaron provecho, aunque tal vez, a diferencia de otras relaciones del pasado, su vínculo con Evo Morales sea más auténtico y próximo.

Por eso no solo no han escondido la mano después de haber lanzado la consigna de la revelación religiosa, sino que decidieron, los Hermosa en pleno, defender su preferencia y atacar a sus detractores con música y letra del MAS.

Y no es extraño, porque su música, con el toque de machismo criollo, chauvinismo de cantina y nacionalismo bravucón, se parece al discurso populista del régimen en varias cosas: es nacionalizadora, pero engañosa; sensible, pero interesada; de chichería, pero con ínfulas de Palacio del Pueblo.

De músicos a apóstoles de una religión en franca decadencia, los Kjarkas posiblemente le hayan puesto la melodía de fondo al fin de un período de la historia, que comenzó con luces y termina con tenebrosas sombras, casi como una canción, de esas que a mí, por lo menos, nunca me gustaron.