06/03/2019
Columnista invitado

Las dos horas que salvaron la negociación del gas con Brasil

Ronald MacLean-Abaroa
Ronald MacLean-Abaroa
“El contrato de venta de gas a Brasil ha sido el contrato más grande de exportación, no sólo en Bolivia, sino en Latinoamérica y ha sido la fuente principal de ingresos de Bolivia en los últimos 15 años”, dijo el experto en hidrocarburos Hugo del Granado en una reciente columna.

Comparto plenamente la opinión del ingeniero Del Granado y, a raíz de su afirmación, echo mano a una parte de mis “memorias políticas”, de pronta publicación, para compartir un testimonio de lo que yo considero fueron las dos horas claves que salvaron el contrato de venta de gas a Brasil que, aunque era imposible avizorarlo entonces, trajo la mayor era de prosperidad económica para Bolivia de toda su historia.

Intentaré reflejar de manera sucinta lo que ocurrió el día de la firma del contrato cuando yo ejercía las funciones de Canciller de la República y Jaime Paz Zamora era el Presidente.

Era el miércoles 17 de febrero de 1993. El presidente del Brasil Itamar Franco llegó esa mañana a Cochabamba para presenciar la firma del contrato de compra-venta de gas natural de Bolivia a Brasil. Franco venía acompañado de Fernando Henrique Cardoso, su canciller y futuro presidente del vecino país. Era una fecha histórica, que concluía una serie de gestiones que se había iniciado dos décadas antes, en 1974, cuando el entonces presidente Hugo Banzer Suárez impulsó la venta de gas a ese país. 

Este día culminaba ese esfuerzo con la firma de un contrato de 20 años de duración, que sellaría la suerte del desarrollo gasífero boliviano y tendría un gran impacto en la economía nacional. 

La mañana estaba espléndidamente soleada y la ciudadanía se había volcado a las calles a dar la bienvenida a Itamar. Hicieron su ingreso a la ciudad, en coche convertible, el huésped ilustre acompañado de su anfitrión, el presidente Jaime Paz Zamora, a quienes la gente les regalaba aplausos, vivas y flores. La visita se iniciaba con un almuerzo oficial ofrecido por el presidente boliviano en el hotel Portales. Yo, como Canciller, debía firmar las Notas Reversales del convenio bilateral que respaldaba el contrato con mi colega y contraparte el canciller Cardoso.

Yo había tenido comunicación telefónica previa con él, adelantándole que la negociación final del contrato tendría que hacerse a nivel de cancilleres, a su llegada a Bolivia, antes de la firma del mismo, puesto que había puntos claves pendientes de acordar, los cuales no habían podido ser resueltos por los ministros del área de Bolivia y Brasil, y particularmente con los negociadores técnicos de Petrobras, la empresa estatal de Brasil que compraría nuestro gas y lo transportaría y vendería en ese país.

Reunión previa en Santa Cruz

Seis meses antes, en agosto de 1992, recibimos en Santa Cruz la visita del anterior presidente brasileño Fernando Collor de Melo, su canciller, el secretario de Energía de ese país y los negociadores de Petrobras. Reunidos en el hotel Los Tajibos, tuvimos un encuentro en el que puse en la mesa de discusión la disconformidad de Bolivia con el precio de compra ofrecido por Petrobras, que era de 0,90 centavos de dólar por millar de pies cúbicos en “boca de pozo”.

Petrobras argumentaba que ése era el precio máximo posible de pagar por el hecho que ese país construiría el gasoducto y tenía que amortizar su costo.

El equipo negociador boliviano, presidido por nuestro ministro de Energía, Herbert Müller, había hecho una excelente labor de conscientización en el país y logrado un consenso político alrededor de la conveniencia y necesidad de venderle gas a Brasil. Sin embargo, tras tortuosas negociaciones junto a su subsecretario Hugo Peredo y el abogado Marcelo Vaca Guzmán, había aceptado el tenor preliminar del contrato, con el precio fijo ofrecido por Petrobras.

De vuelta en La Paz, se inició una tensa etapa de negociación entre el Ministerio de Energía y mi despacho, ya que yo no aceptaba ni estaba conforme con el precio bajo y constante del contrato negociado. Dado el desacuerdo dentro del Gobierno boliviano, el proyecto de contrato de compra-venta a Brasil se llevó a gabinete ministerial, donde el ministro de Energía hizo conocer a grandes rasgos las condiciones del mismo, advirtiendo que dos de sus cláusulas estipulaban que el texto era secreto y que Bolivia no podía cambiar a su equipo negociador.

Ambos aspectos, aceptados por los negociadores bolivianos, eran inadmisibles. Tan inadmisibles que el secretario general del partido de gobierno, Óscar Eid, que participaba en esta reunión de ministros, fue el primero en objetar ambas condiciones. Yo, como Canciller, hice notar que no firmaría ningún contrato secreto de esa importancia y magnitud y exigí tener copia del mismo para analizarlo.

Obtenido el precontrato, vi necesario buscar asesoramiento internacional y técnico del mayor prestigio y capacidad posibles. Logré reclutar, sin costo, a dos de los mejores expertos en contratos petroleros internacionales. Ambos llegaron a Bolivia y tras estudiar confidencialmente los términos del mismo, elevaron sendas recomendaciones, que resultaron coincidentes: (se debía) “indexar el precio de compra del gas a Bolivia al precio de venta del mismo en el mercado brasileño”.

Es cierto que, en los años 60, la Bolivian Gulf Oil había negociado con Argentina un precio fijo de venta por el gas de alrededor de 22 centavos de dólar por unidad, por el tiempo de duración del contrato. Nacionalizada la Gulf, en octubre de 1969, Bolivia heredó ese contrato de pago fijo por la duración del mismo, pero éste fue renegociado en 1987 e indexado al precio internacional del petróleo.

Ya en Cochabamba, previo al almuerzo, caminando por los jardines del hotel, tuve la oportunidad de presentarle a Cardoso la posición boliviana, haciendo referencia a la necesidad de mantener y fortalecer las tradicionales buenas relaciones entre nuestros países y evitar que este contrato se convirtiera en fuente de recriminación y reclamo permanente si se firmaba en condiciones tan asimétricas e inconvenientes para Bolivia.

Me referí a la difícil relación que Bolivia sostenía con Argentina a raíz de la mora con la que esta última pagaba, cuando pagaba, la factura del gas a Bolivia. Igualmente, traje a colación la difícil relación del propio Brasil con Paraguay a raíz del manejo de Itaipú, en la frontera de ambos. El canciller Cardoso me escuchó con suma deferencia y consideración y yo pude calibrar su calidad humana y sentido de hombre de Estado. Quedamos en reunirnos después de almuerzo en el hotel, antes de la firma del contrato programada para las tres de la tarde en la Prefectura de Cochabamba. Estábamos contra el tiempo.

El almuerzo se dilató típicamente con la animada charla y brindis por la ocasión. El presidente Paz Zamora hacía gala de su don de gentes y amabilidad con los ilustres huéspedes. Yo, mientras tanto, me estaba comiendo las entrañas, mirando el reloj que me mostraba cada vez menos tiempo para nuestra reunión de negociación con el Canciller brasileño.

Dos horas claves

Terminado el almuerzo, pasadas las tres de la tarde, acudí a una sala privada del hotel e inicié la negociación con el canciller Cardoso. Él llegó acompañado del subsecretario de Energía de su país, y yo había invitado a acompañarme al subsecretario de Relaciones Exteriores nuestro, Armando Loayza, quien yo sabía era próximo al principal partido de oposición, el MNR de Gonzalo Sánchez de Lozada, y deliberadamente quise que él fuera testigo de la transparencia de tan transcendental negociación que comprometía los intereses de Bolivia por los siguientes 20 años (desde que se concluyera la construcción del gasoducto, cosa que ocurrió en 1999).

El canciller Cardoso me pidió que expusiera la posición boliviana, la que él ya conocía, pidiéndome que se la explicara al subsecretario del Brasil. Mi punto era muy sencillo: nosotros creíamos que el precio de venta del gas que ellos proponían era muy bajo. Por tanto, nosotros queríamos “vincular” el precio de compra de gas a Bolivia al precio de venta de ese gas en el mercado brasileño. Petrobras, al vender el gas en Sao Paulo, iba a establecer una forma de fijar el precio, que terminó siendo la de indexarlo al precio internacional del petróleo. Eso se supo tiempo después. En otras palabras, Bolivia quería compartir la suerte que tuvieran nuestros compradores, a la hora de vender el gas en Brasil. Socios en las malas, con precio ínfimo inferior a un dólar puesto en Bolivia, o en las buenas, si ellos lograban colocar el gas a mejores precios.

El subsecretario de marras no quiso escuchar razones y se puso en una posición no sólo intransigente, sino intolerante y arrogante. El tono de la negociación fue subiendo tanto que era evidente que se había transgredido, de su parte, todo decoro y respeto.

Yo me mantuve firme con el argumento que las condiciones del contrato eran inconvenientes para Bolivia y así reiteré mi posición al insolente subsecretario brasileño, al punto que tuvo que intervenir el canciller Cardoso y lo conminó a retirarse de la reunión. Ahí fui testigo de su firmeza y convicción y de la importancia que él le asignaba a vincularnos mediante un contrato equilibrado, que fuera un vínculo de fraternidad y no de conflicto entre nuestros países.

A todo esto, ya había transcurrido más de una hora de reunión y yo había recibido reiterados mensajes enviados por el presidente Paz Zamora para concluir la negociación y trasladarnos a la Prefectura, donde se celebraría la firma del acuerdo. Mientras tanto, allí la incertidumbre de las dos delegaciones, e incluso entre los periodistas, era completa. Nadie sabía por qué había tanta demora para dar inicio a la ceremonia oficial.

En esas circunstancias, fuimos a dar encuentro a los presidentes, quienes todavía se encontraban en la suite de Itamar Franco, sentados allí por más de dos horas. A pesar de las caras de contrariedad e impaciencia, proseguimos con la negociación.

La primera reacción del mandatario boliviano fue la de pedirme que desistiera de mi posición, a lo que le expliqué rápidamente que firmar el contrato tal cual estaba sería un grave error político y principalmente de gran perjuicio para el país, y que yo estaba dispuesto a renunciar antes que refrendarlo. Él inmediatamente entendió la gravedad de la situación y la esencia de lo que pedíamos y caballerosamente me dio vía libre para explicarle a Itamar la posición boliviana.

Simultáneamente, los dos dignatarios brasileños estaban en el dormitorio contiguo y pudimos escuchar los reclamos airados del presidente Franco a su Canciller, aduciendo que a él le habían dicho que todo ya estaba concretado, que él no había querido viajar a Bolivia, que le habían dicho que Bolivia no tenía suficiente gas (lo cual en ese momento posiblemente era cierto; el gas necesario se descubrió más adelante por efectos de la capitalización de YPFB) y que sólo había viajado a Bolivia por insistencia de Cardoso. A través de la puerta, yo creí escuchar al Canciller brasileño explicarle la situación a su Presidente y me pareció que le dijo que Bolivia tenía razón. He ahí el más importante amigo de Bolivia.

Minutos después, ambos salieron, tensos. Itamar me pidió que le explicara la situación, me escuchó y luego ordenó llamar al presidente de Petrobras, Joel Rennó, para oír su opinión. Se retiraron nuevamente a conferenciar en reserva en la pieza contigua.

Cerca de las cinco de la tarde emergió de su dormitorio el Presidente brasileño para anunciar que estaban de acuerdo y aceptaban nuestra posición de enmendar el contrato. Nos miramos con Jaime Paz y si no hubiera sido que teníamos que guardar decoro, hubiéramos irrumpido con un caluroso abrazo.

¡Así fue como se modificó el contrato, vinculando el precio de compra del gas a Bolivia al precio de venta del gas en Brasil, y se salvó la negociación!

Cuando Petrobras negoció la venta del gas boliviano en Brasil, particularmente a Sao Paulo, tuvo que adoptar un precio de referencia. En ese tiempo, el gas no era un “commodity”, es decir, no tenía un precio internacional de comercio, y esa empresa adoptó uno como referencia: la cotización del petróleo en tres mercados diferentes. Así se adoptó este mecanismo de fijación del precio y ello benefició a Bolivia inmensamente cuando el petróleo, que se cotizaba internacionalmente alrededor de 10 a 15 dólares por barril, se elevó a partir de fines de los 90 y principalmente a partir de mediados de los 2000 a niveles jamás alcanzados, llegando a 140 dólares. ¡Más de diez veces el precio original!

Fueron dos horas que cambiaron el futuro de la economía de Bolivia, elevando el monto de la exportación del gas. Sin ese cambio, Bolivia hubiera obtenido 10 años después 600 millones de dólares anuales en vez de los 6.000 millones que logró obtener.

Gracias a Dios Bolivia capitalizó YPFB en 1996 y concedió contratos de exploración a grandes empresas petroleras que invirtieron a su propio riesgo y confirmaron suficientes reservas de gas en el país. Ello permitió cumplir con el contrato con Brasil y empezar a enviar crecientes volúmenes a partir de 1997.

Como señaló Hugo Del Granado, Bolivia les debe este logro a los presidentes Banzer, por haber impulsado la venta del gas, y Paz Zamora, que la llevó a feliz término. Pero esto último no hubiera sido posible sin la visión y solidaridad de Fernando Henrique Cardoso, amigo de Bolivia e impulsor de este acuerdo histórico.

Ronald MacLean Abaroa fue canciller de Bolivia (1992-1993).