11/04/2019
Vuelta

La oposición en busca de discurso

Hernán Terrazas E.
Hernán Terrazas E.
¿Y ahora qué proponemos? La pregunta se la hacen sobre todo los opositores, que no encuentran los temas eje que les permitan construir un discurso seductor para un electorado todavía indiferente. Al gobierno, en cambio, le basta con volver sobre un libreto para el que la economía sigue siendo el telón de fondo más conveniente.
Hasta ahora, el MAS se apropió de los asuntos que en otros tiempos suscitaban controversia y marcaban con fuerza los debates.

El tiempo de los salvadores económicos, por ejemplo, que puso sobre la arena electoral a personajes como Gonzalo Sánchez de Lozada y que hoy podría devolver a la vida a uno que otro político/técnico del pasado, no tiene relevancia y sus actores están condenados a observar las cosas desde una tribuna crítica, pero sin la posibilidad de ingresar en escena.

Como la economía no anda mal, entonces esa ya no es una materia políticamente interesante. Es más, ingresar en ese terreno puede resultar contraproducente para los adversarios del gobierno, porque tendrían que hacer un esfuerzo descomunal en el afán de encontrar algo que pueda transformarse en el as de una baraja que, por ahora, tiene naipes de escaso valor.

Mientras el crecimiento de la economía continúe dando para el segundo aguinaldo y para los cuadros comparativos en los que Bolivia aparece liderando la región, será muy difícil ingresar en esos terrenos si no es a riesgo de quedar atrapado.

Cuando los números son buenos y el bienestar compartido, la gente mira de reojo a los críticos y hablar de democracia suena menos que las monedas en el bolsillo.

Hay que defender la democracia sí, pero eso se verá más adelante. Mientras tanto, es mejor el pragmatismo.

De corrupción sí se puede hablar, aunque cada vez menos, porque el gobierno se ha encargado de mostrar que este es un charco que salpica a todos. Ayer fue el exalcalde José María Leyes y sus mochilas cargadas de sospecha y hoy la carrera electoral se topa con la peligrosa curva de Holguín, un cerro que según se sabe tenía dueños desde principios del siglo XX, pero que por alguna razón se ha convertido en campo minado para el trajinar de algunos políticos.

El gobierno se dio el gusto de alimentar este tema durante un par de semanas y, como suele ocurrir, las denuncias quedan y las aclaraciones –no del todo “claras”– pasan.

En un escenario donde nadie puede tirar la primera piedra, sin el riesgo de arriesgar su propia cristalería, la corrupción es un arma de doble filo y, por lo tanto, inútil para erosionar la credibilidad del adversario.


El oficialismo se ha impuesto la necesidad de hacer mejor la tarea, a la espera de una reacción más benevolente de la tribuna. Son varios los casos de corruptos oficiales que han sido destapados y sancionados con inédita premura, pero el más llamativo de todos es el despido masivo de funcionarios de Derechos Reales en todo el país.

La novedad y el cambio tampoco juegan en esta elección, como sucedía en otras donde se sobrevaloraba lo “nuevo” como factor diferenciador. Hoy nadie puede presumir de esa cualidad, porque todos son parte del pasado y el cambio, ese concepto tan devaluado, no ha dejado de ser el atributo de un gobierno con más achaques de conservadurismo que impulso de renovación.

Con la coca y el narcotráfico pasa algo similar. La relación coca-delito es cada vez más difícil de ocultar, al extremo que el propio Ministro de Gobierno tuvo que admitir que hay más coca de la que se utiliza para el consumo tradicional, pero eso no significa que esta sea una debilidad del gobierno, por más que el Presidente siga siendo el jefe de los cocaleros y que la interdicción no sea lo suficientemente efectiva como para sacar a Bolivia del podio de productores mundiales de cocaína.

La oposición no puede proponer una línea de firmeza en este tema, porque eso llevaría a soplar la ceniza en regiones donde hubo fuego. ¿Algún candidato en su sano juicio se atrevería a proponer coca cero o cero cocaína? Tal vez aquellos que no tienen opciones de ganar, pero los que disputan la intención de voto en los primeros lugares están más que obligados a ser cautelosos al respecto.

El Chapare, antes escenario de prolongados bloqueos contra la erradicación de la hoja “sagrada” es desde hace trece años una taza de leche. No hubo más bloqueos, ni necesidad de disparar una bomba de gas en la carretera.

Es difícil saber lo que ocurre en esos territorios. Hay información que se intercambia con algo de temor, pero que no se difunde. Hay muchos mitos, pero a nadie parece interesarle saber a ciencia cierta qué es lo que se está gestando desde hace tiempo en zonas donde la ley pesa tanto o menos que el viento.

Para el gobierno es importante continuar vendiendo la idea de que sólo con los movimientos sociales en el poder se garantiza la estabilidad y la buena marcha de la economía. Y eso no es poca cosa en tiempos electorales, sobre todo si los opositores promueven un discurso de orden y legalidad, que puede afectar los intereses de los grupos que se mueven en ámbitos en los que es preferible la ausencia del Estado.

Del mar, ni hablar y del gas… menos. En los primeros años del siglo XXI, la histórica reivindicación marítima, sumada a la necesidad de apropiación de los recursos naturales, configuraron las explosivas condiciones que determinaron la renuncia de dos presidentes y el desmoronamiento del sistema de partidos, con todo y sus líderes.

Hoy a ninguno de los candidatos le conviene hablar mucho del mar. Después de la derrota en La Haya, compartida por todos quienes secundaron directa o indirectamente la estrategia jurídica del gobierno en ese tribunal, más vale quedarse callado.

Y en cuanto al gas, se puede ser crítico porque no se tomaron las previsiones necesarias para atraer inversión hacia el descubrimiento de nuevas reservas o por no haber buscado alternativas para la diversificación de los mercados, pero de ahí a cuestionar el proceso de “nacionalización” hay una gran distancia.

Las encuestas revelan que la mayoría de los bolivianos continúa creyendo que nacionalizar es casi una palabra bendita, lo que convierte a los detractores de ese proceso en herejes y a cualquier propuesta distinta o contraria en una herejía.

¿De qué hablar entonces si aparentemente no se puede hablar de nada sin que ello suponga transitar por zonas de riesgo político? No es suficiente postular una forma diferente de hacer política, más prudente, serena y hasta cuidadosa con la evaluación de los supuestos logros del adversario, porque eso puede alentar una percepción demoledora: “¿si hasta la oposición elogia al gobierno, entonces para qué el cambio…?”.

El desafío está planteado para una oposición en busca de discurso y con el tiempo en contra. Es tiempo para que la imaginación llegue al poder.

Hernán Terrazas es periodista.