03/09/2019
Sin Máscaras

Evo entre sueños, fuegos y demonios

Gregorio Lanza
Gregorio Lanza
Se sentía con la cabeza pesada, habían sido días y días de fiestas interminables. Esto de las proclamaciones tienen su costo, pensaba. Pero había valido la pena, llenar esas avenidas con gente venida de todas partes, había ponchos rojos, coca, cascos de mineros, zapatillas de marca de los empleados públicos. Todo lleno. Después ya no se acordó ni con quién danzaba, menos quién lo acompañó a su mullida cama, pero sí recordaba que bailó la diablada.


Es que la banda Poopó de Oruro era estupenda y él bailaba y bailaba; levantando sus rodillas, las puntas de los pies que apenas tocaban el piso, pensaba que estaba bailando sobre… brasas, sí sobre brasas. Eso fue como un golpe de agua fría que lo transportó a la realidad: los incendios. A las pocas horas estaba en Santa Cruz hablaba con el rostro cansino, con los surcos que le aparecían más evidentes cuando se trasnochaba, su mirada espesa y su boca lenta. Hablaba de que venía a ver lo que sucedía, que en esta época siempre había incendios.

Pero su llegada sólo sirvió para enfurecer al viento y atizar las brasas, las hectáreas aumentaban día a día, 300 mil, 400 mil. 500 mil y así seguían consumiéndose, como los animales que corrían despavoridos hacia las carreteras.

Varias veces había jugado con fuego, pensaba. La primera cuando prometió una carretera por medio del TIPNIS, una de las reservas más importantes del continente y parque indígena. Ya no le importaba sus promesas a la pachamama, había que tender puentes con la elite beniana y dar su premio a sus huestes más leales, a su verdadero ejército de tierra, los cocaleros del Chapare.

Esta vez, sabía su apuesta era riesgosa. Después de 13 años se había desgastado y requería más votos, especialmente en el Oriente. Firmó su capitulación ante la elite oriental, necesitaba de ellos, de su dinero, de sus conexiones. Entregó todo a cambio. Extensión de la frontera agrícola, permisos para quemar y que vengan los inversores (con esos ingresos sustituiremos el dinero del gas, decía su Vice).

Entregó su bastón de mando y de ahí en adelante ganaderos y agroindustriales se acordarían de sus mejores días con el poder, cuando disfrutaban en parrilladas con el general Banzer. Ahora, al Presidente “indígena” –a quien combatieron con saña– lo recibían en sus haciendas, le invitaban whisky Etiqueta Azul como le gustaba. Se sacaban fotos y las subían al Face. Se ofrecían para ser candidatos del partido de gobierno. “Los empresarios me dicen que ganan más con mi gobierno” decía el Presidente. Se vanagloriaba de su poder. El chaquear esas tierras era negocio redondo, le permitiría también traer a sus colonos, aquellos que ya rebalsaban en el Chapare. Mataría dos pájaros de un tiro.

Pero el fuego tenía sus propias leyes. Crecía y crecía. Las llamas se veían desde el satélite, eran manchas rojas de savia convertida en sangre… La opinión pública se le volcaba. Había actuado tarde, con indolencia, “no se necesita ayuda extranjera”, decía a los cuatro vientos. Cuando supo que llegaba al millón de hectáreas quemadas y que ello tenía un impacto negativo para su imagen, trajo el avión más grande e incluso dijo que declararía pausa.

Pero cada noche le visitaba el demonio, aquel que lo acompañaba siempre y que hace años había desplazado a su ángel de la guarda. Esta vez le decía con insistencia. “Defiende tu obra, defiende tu obra”. Ordenaste la quema para habilitar tierras. Resultó el chaqueo más barato de la historia, y se escuchaba su estridente risa.

Esa mañana se levantó con energía. Recobró su aplomo. El Vice apareció a las siete. Presidente, acá le traigo este regalito, extendió su mano, llevaba un overol azul y un papel en la otra mano. Esto es lo que hay que decir. Su voz meliflua leía el documento. “Solamente se quemaron entre 20 a 30% de hectáreas de bosque, el resto era para el chaqueo”. El Vice, a quien le gustaba que le dijeran “matemático”, a pesar de que siempre se equivocaba con las cifras, esta vez las escribió con cuidado.

A las dos horas, el Presidente estaba frente a las cámaras de su canal preferido: “he sobrevolado por todo el territorio, les puedo decir que solamente el 20% que se ha quemado, era bosque y el resto era para chaqueo. Su sonrisa decía “misión cumplida”. Bajaron en una parcela preparada de antemano, se puso su flamante overol azul con ribetes blancos, le pasaron un extinguidor para apagar fuego en oficinas y posó para la foto. No se sabía bien si hacía limpieza, si prendía fuego, pero no importaba, la imagen, a los pocos minutos circulaba en las pantallas de televisión. No era campaña, eran sus obras.

Pero, esa noche soñó feo, se veía prendiendo fuego a sus votos, una fuerza inexplicable lo llevaba a echar alcohol y atizar las llamas, sus votos se consumían como las hojas del monte. Despertó con la frente empapada, gruesas gotas de sudor le surcaban su piel, tenía miedo. Por primera vez temía perder…

Gregorio Lanza es experto en políticas publicas.