07/02/2019
H Parlante

El Salvador espléndido

Rafael Archondo Q.
Rafael Archondo Q.

El domingo 3 de febrero, El Salvador volvió a las urnas. En un solo día, 30 años de bipartidismo se llenaron de caducidad. Una transición relativamente limpia desde la guerra hasta la democracia queda ahora colgada de los frágiles hilos de la teoría. ¿Qué ha fallado? ¿Por qué nadie lo vio venir?

Después de 12 años de enfrentamiento frontal armado, el pequeño país centroamericano, uno de los más densamente poblados de América Latina, firmó la paz. En 1992, la guerrilla enterraba sus armas y las fuerzas del orden desmantelaban sus escuadrones de la muerte. Ambos bandos, rabiosamente enemistados, aceptaban dirimir milagrosamente sus diferencias en elecciones periódicas y transparentes. Depusieron los fusiles, porque quizás sabían que nunca ganarían o conservarían el poder a tiros, pero también porque sus patrocinadores en Washington, Moscú o La Habana cesaron sus suministros letales. 

Lo que vino después de la firma de la paz en el castillo de Chapultepec, en México, no fue nada despreciable. El país electoral recibió con generosidad a los guerrilleros salvadoreños devenidos en políticos profesionales, y en 2009 les abrió las puertas del Gobierno a lo largo de una década. Un hecho similar sólo se había producido en el Uruguay, donde los tupamaros gobiernan hasta ahora. 

Las teorías de la transición adquirieron con ello categoría de manual. Nos dijeron que cuando un país se entrampa en un litigio de balazos, la democracia es el único terreno neutral y acogedor para administrar pareceres irreconciliables. En ese no-lugar, el del escrutinio incierto, exguerrilleros y exrepresores se resignaron a acatar los veredictos quinquenales del electorado. 

Al acordar este método renunciaron juntos a la idea de exterminar al otro y también aceptaron ser gobernados por el adversario.  Así, la izquierda del Frente Farabundo Martí reconoció sin aspavientos sus primeras tres derrotas electorales, pieza clave para que Arena, la derecha anticomunista, admitiera, a su vez, dos gobiernos consecutivos de los exguerrilleros. 

Éstos, fieles a la concordia alcanzada, se inhibieron de aplaudir mucho a Hugo Chávez y a los gobiernos que se le fueron alineando. La izquierda salvadoreña cumplió al pie de la letra su rol de factor de equilibrio y moderación en un país acobardado por la violencia. 

Los teóricos de la transición nos advirtieron que canalizar un conflicto encarnizado mediante el reposado recuento de votos deja saldos arriesgados. Uno de ellos consiste en que las fuerzas que desactivaron sus fusiles están obligadas a ser pacientes, porque los cambios que prometieron tomarán más tiempo del prometido. 

Las reformas aplicadas por la derecha salvadoreña tras la guerra con Honduras mostraron sus límites cuando los ideales de justicia tuvieron que ser reemplazados por la lógica inexorable de la Guerra Fría. Quienes comenzaron repartiendo tierras terminaron bombardeando campesinos. Queda claro entonces que el precio que se paga cuando uno se resigna a la democracia es el del apremio popular contra las dilaciones en el plan de reformas. 

Las últimas elecciones pusieron en claro que el tiempo de la transición se ha agotado. En estos 30 años de paz, la gente sigue siendo pobre y sus élites no han dejado de ser corruptas. Las últimas elecciones le dieron la victoria a Nayib Bukele, un joven de origen palestino, quien fuera alcalde de San Salvador por el Frente, el cual, sin embargo, lo expulsó de sus filas, y ello lo obligó a fundar su propio partido. Bukele representa el fin de la transición iniciada en 1992: ahora sí, la guerra se acabó. Aunque El Salvador logró enterrar oportunamente las armas, tardó 30 años en sepultar las ideas que las apuntalaron. 

¿Es Bukele el Bolsonaro de El Salvador? Para nada y por varias razones. Su filiación original estuvo en el Frente, lo cual lo pone en la orilla contraria de Arena. Sin embargo, su mayor desencanto proviene de haber conocido de cerca a la llamada “izquierda perfumada”. Por eso Bukele ha sido capaz, por ejemplo, de criticar al gobierno de Ortega y Murillo, en Nicaragua, con la misma fuerza que ha dicho que la otra dictadura centroamericana es la de Honduras, país en el que la derecha camina por la misma alcantarilla de la reelección indefinida bajo el precepto de que perpetuarse en el poder es un derecho interamericano. 

Así que, teóricos de la transición, toca ponerse a estudiar a fondo la realidad política de El Salvador, cuyo espléndido desempeño democrático es hoy la envidia de sus vecinos.

Rafael Archondo es periodista.