25/04/2019
El Compás

El racismo negado

Fernando Molina
Fernando Molina
Hace poco, el columnista Alfonso Gumucio escribió que, después de 1952, “el color de la piel no era lo que dividía a los bolivianos” y que antes de que nos lo implantaran en 2006 “no teníamos en la cabeza el chip del racismo” (“Régimen racista”, Página Siete, 20 de abril de 2019).
Según Gumucio, el racismo ha emergido de la actividad del gobierno actual, no de la sociedad misma, porque, de acuerdo al último censo, “Bolivia no es un país mayoritariamente indígena sino mestizo”. El lector notará de inmediato que esta causalidad está mal hilada, pues, aunque, objetivamente hablando, una sociedad no tenga razas puras, igualmente puede haber racismo en ella, ya que el racismo es una construcción cultural, que depende de procesos de “racialización” antes que de la existencia de verdaderas diferencias raciales (la cual, además, la ciencia de hoy niega). 

Incluso si fuera verdad que la amplia mayoría de los bolivianos se considerara a sí misma mestiza (extremo que Gumucio da por hecho, pero que está lejos de justificar apropiadamente; de los números censales que esgrime no se saca la conclusión señalada y, en todo caso, los mestizos serían una mayoría “estrecha” de 59% a 41%), igualmente podrían existir –y en los hechos existen– procesos de “indigenización”, como los llama Carlos Macusaya en su último libro, Batallas por la identidad.

¿Qué son estos procesos? Expliquémoslo. En la vida cotidiana, los grupos y los individuos entran en contacto y, en algunas sociedades, como la nuestra, unos “convierten” a los otros –con su palabra, su trato, su discriminación– en indígenas, es decir, los “indigenizan”, aunque ellos se autoidentifiquen como “mestizos” o lo que fuera.

¿Por qué ocurre esto? Porque ser indígena ha sido siempre, desde la invención de esta categoría demográfica con la llegada de los españoles, una condición inferior y no deseada, asociada al trabajo manual, la pobreza, la falta de agencia política, etc. Y, al revés, ser blanco (o, en el eufemismo moderno, “mestizo”) está cargado de prestigio social, se asocia al poder, al dinero, a la agencia; es una “condición-salvoconducto”, que libera de la discriminación y por tanto es deseada para uno mismo y, muy importante, para los hijos.

Por tanto, en el mundo real (no en la caricatura ingenua que Gumucio presenta, donde “Genaro Flores y Marcelo Quiroga luchaban por la misma causa”), unos y otros grupos e individuos disputan entre sí por ser mestizos o, como se dice cotidianamente, por “blanquearse”, pero esta su lucha solo tiene sentido en la medida en que les asegure los premios en juego, es decir, en la medida en que les ofrezca poder, acceso, agencia, etc., y lo haga a consecuencia de su posición “racial”. Ahora bien, para que esto ocurra se requiere: a) una jerarquía social racializada y b) la existencia de un conjunto de “otros” desprovistos de tal ventaja “racial” o del capital biológico y simbólico deseado, es decir, se requiere de la existencia de indígenas. La lucha por adquirir la identidad étnica privilegiada tiene como su reverso necesario la necesidad de una o varias identidades étnicas preteridas y subordinadas. O, para decirlo de manera mas directa: el blanqueamiento es un mecanismo de autopromoción y ascenso social que funciona con el combustible de la constante “indigenización” de los otros. Cada uno trata de ser menos indígena, para lo cual debe considerar a los demás, y asegurarse de que sean generalmente considerados, indígenas. Este constante forcejeo identitario es el que propicia el surgimiento del racismo.

Como afirma Macusaya, normalmente los sujetos concurrimos al hecho social sin pensar en nuestra condición racial, digamos que asistimos al mundo, inicialmente, “vacíos de raza”, pero enseguida somos “racializados” en el intercambio social, cuando los otros observan y evalúan nuestro fenotipo, nuestra forma de vivir y actuar, nuestro patrimonio, y entonces nos “indigenizan” o nos “desindigenizan” (en este segundo caso, nos consideran pares e iguales).

Añadamos a esto que algunos grupos concurren al hecho social previamente “auto-racializados”, a causa de la interiorización de una posición “racial” en los más tempranos años de vida y en los primeros escenarios de socialización. Unos concurren a la sociedad, por ejemplo, “auto-indigenizados”. Son los que por razones diversas, su condición económica, su proveniencia rural, su árbol genealógico, su idioma, su fenotipo, etc., internalizaron su supuesta inferioridad y actúan en consecuencia, esto es: con docilidad frente a los actos de indigenización ajenos y luciendo los comportamientos típicos –para el racismo ancestral– de los sujetos tradicionalmente indigenizados (la humildad, el mutismo, la autorrepresión sexual y conductual que solo desaparece durante la borrachera, el temor social y la timidez, la falta de brillo, humor, originalidad, individualidad, etc.), rasgos que desaparecen en un intercambio horizontal.

Otros encaran el trato social “auto-desindigenizados”;  son aquellos que por su fenotipo, su situación social y económica, su “alcurnia” –o la que se atribuyen– han interiorizado la ideología de la “raza” superior y consideran que de ninguna forma son o podrían ser indígenas, así que suelen “indigenizar” a los demás y al mismo tiempo resistir con éxito a cualquier intento externo de “indigenizarlos” a ellos (excepto cuando viajan al exterior y descubren, con verdadera sorpresa, que allí sí se los “indigeniza” y discrimina, aunque algunos tengan más suerte y reciban la consoladora confirmación de que “no parecen bolivianos”).

¿Cuáles son los procedimientos concretos de indigenización o, dicho llanamente, racistas? El insulto (“indio de mierda”); el estereotipo (“los indios no son aptos para la vida moderna”, como decía Medinaceli; “no son inteligentes”, como decía Tamayo; “son pura inocencia y abulia”, como decía René-Moreno); el veto (“se reserva el derecho de admisión”, sectores VIP, clubes sociales sin indígenas); la discriminación escolar, universitaria, laboral, etc.

Si alguien no ha percibido estos procesos operando en nuestro país, después de 1952 y antes de 2006, y no se ha convencido en consecuencia de que la fórmula “todos somos mestizos” resulta apenas una cobertura consoladora, un camuflaje, entonces carece de toda sensibilidad sociológica, quiere engañarse a sí mismo o simplemente defiende su privilegio, negando la crítica que podría desestabilizarlo.

Macusaya dice algo muy fuerte y cierto en el libro citado: que, para existir, el racismo necesita ser considerado inexistente. Es como el alcoholismo, dice, que nadie quiere aceptar que sufre. Unos, en ciertas ocasiones, porque confesar que fueron discriminados equivaldría a admitir que son indígenas (a los ojos de alguien más), lo que los hace preferir el silencio. Otros, para no adquirir conciencia de una práctica que se realiza más felizmente, es decir, sin remordimientos, cuando se realiza como una conducta tradicional e invisible. Esta negación generalizada, este velo que todos contribuimos a extender, esconde de nuestros ojos la monstruosa cara del racismo, sus fauces sangrientas.

Fernando Molina es periodista y escritor.