23/01/2019
Columnista invitado

El nuevo gabinete de Morales: angurria de poder y duro año electoral

Diego Ayo
Diego Ayo

¿Qué nos dice el nuevo gabinete? Descompongamos la respuesta en los siguientes puntos:

Punto 1. El gobierno tiene un único y exclusivo plan: quedarse en el poder a como dé lugar. Por tanto, su gabinete está diseñado para lograr ese propósito. El gobierno tiene una guerra que vencer en octubre del presente año y nos presenta a sus mejores generales. Por tanto, no es un gabinete para hacer que Bolivia tenga mejore, es un gabinete para que Evo se quede y su rosca se perpetúe. Es el gabinete de la oligarquía azul, no de la patria que amamos.

Punto 2. Ya no tienen empacho en mostrar su angurria de poder. Pudieron crear tres nuevos ministerios, por ejemplo, como ser el Ministerio de la Juventud, el Ministerio de la Ciencia o el Ministerio del Hambre, y colocar a nuevas fichas a cargo de esas dependencias. Hubiesen combinado un aíre de preocupación por el país –privilegiemos una agenda para la juventud boliviana, mejoremos la ciencia apoyando a los institutos de investigación de las universidades del país o demos desayuno, almuerzo y cena a todos los bolivianos- con el ascenso de caras nuevas y técnicas. Nada de eso: vuelven los viejos de siempre que, de yapa, son los más duros. La sola presencia de Quintana o Arce lo evidencian.

Punto 3. Este año electoral va a ser muy duro y se requiere operadores. Por eso, más que un gabinete de ministros, lo que tenemos hoy es un gabinete de operadores: Romero operará la represión con quien se ponga al frente; Héctor Arce meterá juicios a quien los “merezca”; Gabriela Montaño tendrá la mano dura con los médicos que critiquen el probable colapso del SUS (¿o alguien cree que va a diseñar una estrategia de salud sólida?); Luis Sánchez nadará en los océanos de gas ofreciendo una imagen falsa pero claramente electoralista de jauja hidrocarburífera; Luis Arce mantendrá la jerga triunfalista del “modelo económico” exitoso; Manuel Canelas (un nombre ciertamente nuevo y destacable), como ministro de comunicación será el encargado de llevar el imaginario de bonanza a niveles estratosféricos, donde la propaganda y el mundo de fantasía venza a la realidad. No sigo mencionando cada nombre y me remito solo a señalar que el director técnico de toda esta orquesta de potencial represión, judicialización de la política, amedrentamiento a sectores sociales movilizados (como los recursos relacionados con la salud) e ilusionismo mágico será el inefable Juan Ramón Quintana. El combo se cierra fantásticamente con esta contratación cuya sola presencia pretende escarmentar (posiblemente aporte con técnicas cubanas de intimidación bien fresquitas)), o, ¿es que hay algún ingenuo que piensa que el caballero ha llegado al gabinete para debatir la Bolivia del 2025 con las plataformas ciudadanas?

Punto 4. Es digna de mención la presencia de Manuel Canelas, un político sensato e inteligente. ¿Podría hacernos pensar que la tónica comunicativa del gobierno va a cambiar alentando los debates electorales, la utilización ecuánime de Canal 7, la distribución de publicidad en base a criterios de rating (los mejores medios reciben más publicidad y no como es ahora: los Iturris de toda laya se llevan la torta publicitaria por mera lealtad) o el uso moderado de los recursos públicos? Me atrevo a creer que no. Recordemos el excelente estudio del investigador Julio Linares quien nos dice que de 2010 a 2018 el presupuesto en comunicación del gobierno fue de casi 800 millones de dólares. Una cifra enorme. Y, lo que es peor, la cifra tiende a agigantarse en periodos electorales. Así fue en 2014, año en que el presupuesto en este rubro fue de 150 millones de dólares en solo un año, cuando el gasto no rebasaba los 60 o 70 millones anuales como promedio. No hay pues nada que decir. Canelas solo puede estar al servicio de un gobierno que al perder horizonte, discurso y programa, debe compensar esas carencias con fuegos artificiales. Manuel ya tiene su encendedor listo. 

Punto final. Se avecina una elección, en la que aun en el caso de que no haya un fraude abierto (manipulando entre 2 a 6 puntos del padrón para evitar ir a la segunda vuelta) al que parecen prepararse con el llenado del Tribunal Electoral con gente absolutamente leal al régimen y con el despido de gente proba en el manejo técnico de los datos electorales, la asimetría en la competencia será enorme. El gobierno usará su Evo Cumple, sus alcaldías, los aportes de los empleados públicos y un largo etcétera que terminará por dejar como saldo una constatación: serán las elecciones más caras de nuestra historia y de esa factura el 99% le corresponderá a un gobierno empeñado en quedarse así sea pisoteando la voluntad popular.

Diego Ayo es cientista político.