08/02/2019
El Compás

El hueso de Zavaleta

Fernando Molina
Fernando Molina
El primer recuerdo que tengo de René Zavaleta es el de su muerte. Zavaleta murió antes de cumplir 50 años y su cuerpo fue repatriado a Bolivia para los funerales. Se veló entre otros sitios en el monoblock de la UMSA y quienes entonces éramos ignorantes estudiantes de esta universidad pudimos ver, expuesto en el salón de honor, su ataúd rodeado por una guardia sindical. Supimos que se había declarado luto nacional y presenciamos el trajín de ministros y otras autoridades del gobierno de entonces, que era el de la UDP, el primero de la democracia y el último de la Revolución Nacional.
La despedida funeraria de Zavaleta nos hacía ver que quien había muerto era un hombre de esta Revolución, contra la que entonces nos situábamos, pues era la que había provisto la estructura social que debíamos transformar y “hacer avanzar” hacia el socialismo. Cierto que sabíamos que Zavaleta también había sido socialista, pero un socialista que recibía reverencias del moderado y extraviado gobierno de entonces no nos interesaba.

En los años posteriores a este de 1984, cuando en efecto el país dejó atrás la configuración social que le había legado la Revolución, pero —fracasadas las jornadas de marzo de 1985– no de la manera en que habíamos supuesto que ocurriría, comenzaron a circular las obras escogidas de Zavaleta en la entrañable colección de Los Amigos del Libro. Entrañable, digo, al menos para quienes durante estos años, rota ya nuestra confianza en las viejas certidumbres, buscábamos complejizarlas o acaso, en el fondo, demostrar su inutilidad. Y entonces nos hacíamos de estos pequeños tomos y los llevábamos de un lado para el otro, tratando de entrar en ellos, lo que por un lado no era fácil, pero al mismo tiempo, apenas iniciada la lectura, no podía dejar de intentarse.

Zavaleta decía cosas y las decía de un modo que para un lector boliviano era imposible no estar interesado, por no decir fascinado. A diferencia de otros teóricos sociales, escribía con algo más que la cabeza, con una elocuencia y una voluptuosidad que no podían provenir másf que del cuerpo, de las entrañas. Era un escritor sensual y enamorado, enamorado de su patria, que no cesaba de poner en el centro de sus reflexiones, y también de la palabra, con la que, por así decirlo, mantenía un tráfico carnal a ojos vista de los lectores.

Además, mejor que otros teóricos sociales, en los que Bolivia no ha sido cicatera, Zavaleta parecía siempre a punto de hacer la revelación imprescindible para entender por fin los misterios que, a montones, producía la historia del país: el subdesarrollo, la derrota bélica, la traición política, y al mismo tiempo la pluralidad, el espíritu indomable, la audacia y la ansiedad frente al futuro, el amor por los mitos y los caudillos. Más que estudiar la historia, Zavaleta la conjuraba y hacía hechizos con ella.

Quien haya tratado, como el que esto escribe, de seguir la evolución de un concepto sociológico o político a lo largo de toda la obra de este autor —lo que se facilita ahora gracias a la existencia de las Obras Completas de Plural, editadas por Mauricio Souza—, encontrará que la tarea es ardua: Zavaleta va evolucionando, como es lógico, pero al mismo tiempo no duda en usar los textos que ya ha escrito una y otra vez, incorporando unos en otros y corrigiéndolos de manera formal y no siempre exhaustiva. Analizado de esta manera transversal, Zavaleta se contradice a menudo, en especial contradice los nuevos párrafos que escribe con los que preserva y repite del pasado. ¿Qué autor de sociología opera de este modo?

Zavaleta no era un académico en el sentido de hoy de esta palabra, orientado a públicos de especialistas. Escribía, como los grandes marxistas a los que seguía, “para la clase”, siendo esta clase, claro está, la clase obrera y sus diversos partidos, en el centro de cuyo debate deseaba ubicarse. Su principal objetivo era persuadir a los recién llegados y movilizar las conciencias de los que ya habían sido persuadidos. Pero hacerlo sin concesiones de tipo paternalista: más bien tratando de hacer avanzar la teoría y cogiendo por las astas, sin timidez, los grandes problemas del marxismo mundial.

Zavaleta no era un zorro, sino un erizo, para usar la célebre clasificación de Berlin de los intelectuales. Sacando las repeticiones, su obra no es muy extensa; no era un escritor prolífico, en el sentido de diversificado y fluido. En cambio se dedicaba a roer permanentemente el mismo hueso, tratando de sacarle con sus colmillos la forma que deseaba, que le fue elusiva a lo largo de su vida. Y ese hueso no era otro que Bolivia y su Revolución.

(Palabras en la inauguración del Museo sobre René Zavaleta promovido por Mariano Baptista en la UMSA)