28/11/2018
Columnista invitado

El ave tapacaré y el bosque seco chiquitano

Huáscar Bustillos Cayoja
Huáscar Bustillos Cayoja
El ave tapacaré vuela altivo por la verde inmensidad de la Chiquitanía, está a punto de llegar a un onírico valle, flanqueado por pétreas serranías, en donde las rocas dieron origen a una flora rara y única. Asé es, este mar verde alberga a uno de los bosques secos mejor conservados del mundo, en su seno se encuentran dos áreas protegidas municipales: Tucabaca y Paquió las cuales se hallan en jaque por la deforestación y el exterminio. El sistema económico y proselitista del actual gobierno ha incentivado en casi toda su gestión el avasallamiento –ilícito– de áreas protegidas nacionales.
Hace unas semanas la localidad de Roboré se alzó contra la presencia de decenas de familias de otras zonas del país que fueron autorizadas por el INRA para asentarse dentro del área protegida, deforestando decenas de hectáreas para habilitar la tierra para la agricultura. Las protestas fueron tan fuertes que incluso llegaron a cometerse excesos como haber quemado el retén policial de la zona.

Pero ahora la figura ha cambiado ya que lo ilícito se ha mimetizado de legalidad y bajo la tutela de instancias administrativas como el INRA y la Autoridad Bosques y Tierras, se promueve y avala los asentamientos, pretendiendo cambiar el actual uso de suelo (proteccionista) a una figura netamente agraria (extractivista).

Al igual que una plaga de gusanos, estos sindicatos organizados parasitan a las unidades de conservación y sistemáticamente las carcomen. El oscurantismo medieval que prima en su pensamiento deja sin efecto el gran valor ecológico, genético y ambiental que las áreas protegidas tienen.

El bosque seco chiquitano es una ecorregión con un área de 16,4 millones de hectáreas donde habitan tres pueblos indígenas (ayoreos, guarayos y bésiros), que conviven armónicamente desde tiempos prehispánicos.

Dejando de lado el factor humano, este bosque cumple un rol hidrológico fundamental ya que abastece de agua a la cuenca amazónica (norte) y a la cuenca del Plata (sur), además de posibilitar la formación del Pantanal. Los árboles de este bosque se caracterizan por perder parcialmente sus hojas (semideciduos) debido al marcado cambio estacional (lluvioso-seco) del lugar, siendo en cierta manera susceptible a los fuegos relativamente frecuentes que se dan en la región.

Con respecto a los endemismos (organismos que solo viven en una región determinada) el bosque seco chiquitano posee 135 especies endémicas y si tomamos en cuenta que dentro de la matriz del bosque existe vegetación sabanera del cerrado, la cual tiene 89 especies endémicas (compartiendo algunas), lo cual genera 201 especies autóctonas en ambos ambientes, que tienen una estrecha relación ecológica, geográfica y dinámica.

Gran parte de esta flora rara y única crece entre las rocas de los afloramientos rocosos (serranías de Chochís, Roboré). El alto grado de endemismos que se halla en el bosque seco se debe a este tipo de ambientes rocosos (saxícolas) en donde predominan las especies de porte herbáceo.

En estos momentos la tierra está experimentado grandes olas de extinción propiciadas por la ambición humana y el debilitamiento de la biodiversidad a escala mundial es cada vez más frecuente. Qué pasará en un futuro si dejamos que la depredación y el saqueo sigan campeándose por nuestras áreas protegidas nacionales, departamentales y municipales.

¿Acaso tendremos que resignarnos a perderlas y con ellas los servicios ambientales vitales para nuestra supervivencia? Desde la serranía de Chochís, el ave tapacaré divisa su hogar, un profundo valle en donde el verde se transmuta creando tonalidades y colores que se mezclan con el rosado de los toborochis o el amarillo de los tajibos. Debemos proteger todo esto.

Huáscar Bustillos Cayoja es biólogo y documentalista.



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