27/03/2019
El Compás

Chicha y limonada. Las clases medias en Bolivia

Fernando Molina
Fernando Molina
A partir del referendo del 21 de febrero de 2016, cuyos resultados –que rechazaban una nueva reelección del presidente Morales– fueron por primera vez contrarios al oficialista Movimiento al Socialismo (MAS), pero en particular a partir de la acción colectiva de las “plataformas ciudadanas” en contra de la cancelación de dichos resultados por el Tribunal Constitucional en noviembre de 2017, emergió a la superficie del debate político nacional el tema de las “clases medias”, consideradas las responsables de lo ocurrido, es decir, de la victoria opositora en 2016 y de la masiva movilización democrática de 2018.
El tema burbujeó un poco en los medios intelectuales del país, pero sin mayores consecuencias. Ahora vuelve con un volumen que ha sido bautizado, con expresión feliz, Chicha y limonada. Las clases medias en Bolivia (CERES/Plural, 2019), y que acaban de publicar seis sociólogos cochabambinos.

El libro interesa, aunque sea desigual, como ocurre siempre en las publicaciones colectivas. Por razones de espacio voy a detenerme en los dos trabajos más enjundiosos. Estos son el de Roberto Laserna (“Clases medias en la Bolivia urbana”) y el de Daniel Moreno (“Aspiracionales, reales o imaginarias: las clases medias en Bolivia”), que forcejean con la ímproba tarea de mensurar y caracterizar a la clase media (o las clases medias) por medio del análisis de algunas de las encuestas demográficas existentes.

Laserna se basa en una encuesta realizada en el “eje” en 2017. Siguiendo la costumbre en los estudios de este tipo, conforma su universo quitando a los encuestados de los seis deciles superiores de ingresos, con lo que “aísla” a un 38% de la población total: la “clase media” propiamente dicha. Con ella trabaja para encontrar que la proporción de clasemedieros es levemente superior en Santa Cruz y levemente inferior en La Paz, que la mayor parte piensa que su vida ha mejorado y atribuye esta mejoría a la adquisición de capitales educativos; que prefieren tener un negocio propio que un empleo bien remunerado; que tienen valores más liberales que los del resto de la población.

El promedio de los ingresos que percibe este 38% de la población es, nos dice Laserna, 2.908 bolivianos (415 dólares). Por tanto, se puede encajar su  “clase media” en otra dibujada por un estudio económico internacional, el Informe Regional sobre Desarrollo Humano para América Latina y el Caribe preparado en 2016 por el PNUD, que se titula Progreso multidimensional: bienestar más allá del ingreso. Dicho informe separa a la población boliviana en las siguientes clases de ingresos: “residual”, la de las personas que poseen ingresos mayores a 50 dólares diarios; “clase media”, la de quienes reciben entre 10 y 50 dólares diarios por persona; “vulnerable”, la de quienes obtienen de 4 a 10 dólares; “pobre moderada”, la de quienes tienen ingresos de 2,5 a 4 dólares diarios por persona; y “pobre extrema”, la de quienes solo cuentan con una suma per cápita de 1,25 a 2,5 dólares diarios.

Decíamos que la “clase media” de Laserna coincide, aunque excediendo un poco a la “clase media” del PNUD, que es de tres millones de personas (30%) y que según esa entidad perciben entre 300 y 1.500 dólares mensuales. Se trata del tercio más alto de la jerarquía social boliviana (ya que la clase alta en nuestro país, como dice el Informe, resulta “residual”). Todas las familias que pertenecen a este estrato pueden resolver correctamente sus necesidades alimenticias, de vestuario y habitación, así como las educativas básicas. Es decir, tienen un pasar digno y gozan del prestigio asociado a tal situación social. Además cuentan con un stock adecuado de conocimientos y/o un capital económico relativamente importante. Aquí tenemos la “clase media”, tal como podríamos haber supuesto que era.

La pirámide del PNUD es más realista que otras que también se usan. Por ejemplo la que propone el gobierno, que considera la fracción “vulnerable” como si fuera parte de la “clase media”, llegando al resultado de que 6,5 millones de ciudadanos, es decir, el 65% de la población, pertenece a un mismo segmento de “ingresos medios” (cfr. “Mensaje presidencial. Informe 12 años de gestión” del 22 de enero de 2018).

Esta “clase media ampliada” también está presente en el libro Chicha y limonada, en el artículo de Daniel Moreno, quien la introduce de la siguiente manera: Moreno parte de la Encuesta Mundial de Valores, que se realizó en el país en 2017 y que pidió a los encuestados que identificaran la clase social a la que creían pertenecer. Así encontró que más bolivianos que casi cualesquiera otros latinoamericanos se perciben como clasemedieros, el 65,9%. Es decir, que la dimensión por autoidentificación de la clase media boliviana es superior que la argentina o la mexicana.

Este es un resultado excéntrico que necesita ser explicado y Moreno trata de hacerlo. Pero en lugar de buscar donde debiera, es decir, estudiando con métodos lingüísticos y/o etnográficos lo que los bolivianos que respondieron a la encuesta entendían como “clase media”, prefiere suponer que esta masiva adscripción se debe a los cambios demográfico-económicos del país, recayendo en la ya mencionada adición de la clase “vulnerable” a la “clase media” (se basa en un estudio del BID, de Catellani y Zenteno, el cual aparentemente calcula una clase baja o pobre de apenas el 24% de la población, esto es, menor a la oficialmente aceptada, que es del 30%).

Moreno hace además algunos experimentos estadísticos para finalmente concluir, de forma temeraria, que la autoidentificación es metodológicamente válida para la determinación de la clase real. No toma en consideración el estudio de Alejandra Ramírez en el mismo libro, el cual permite observar –aunque esta autora, demasiado ocupada en hacer citas eruditas, no saque todas las conclusiones de ello– que la gente se afilia a las clases de una manera arbitraria. Tenemos por ejemplo que una empresaria minera se considera a sí misma “proletaria”.

En mi opinión hay no diré un abismo, pero sí un importante salto entre el mundo de los que ganan de 300 a 1.500 dólares mensuales (“clase media”) y el mundo de los que ganan de 120 a 300 dólares mensuales (“clase vulnerable”). Aunque todos se consideren a sí mismos clasemedieros, la sociología debe hacer una distinción entre ellos, si quiere usar la categoría de “clase media” con algún sentido (por ejemplo, para determinar si existe o no un alejamiento de la “clase media” respecto del MAS, a fin de explicar los fenómenos políticos por cuya mención comienza este artículo).

Si seguimos a Moreno, los resultados de Laserna no son válidos, y viceversa. Si seguimos a Ramírez, no podemos aprobar a Moreno, etc. Sin embargo, esta discusión y crítica mutua no está presente en el libro, que yuxtapone estas y otras tesis contradictorias con equidad diplomática.

Fernando Molina es periodista y escritor.