27/08/2018
Cartas desde un país sin correo

Carta al presidente Evo Morales

Martín Diaz Meave
Martín Diaz Meave
Señor Presidente:
En estas líneas, quisiera manifestarle mi –¡Eh, qué pasa!– ¿Se enojó porque le dije “señor”? ¿Me mandará escribirlo en una pizarra?

Todo bien, Presidente. Sabemos que usted no va a leer esta carta. Sabemos que tiene un entorno que lo cuida como a un tesoro nacional y no permite que usted se “contamine”: selecciona qué noticias puede ver, elige qué titulares mostrarle, hasta le controla el celular, cual pareja celosa. Por eso es que muchas veces usted aparece haciendo el ridículo con declaraciones asombrosas, como si nadie le hubiera avisado, por ejemplo, que la jornada laboral no puede durar nueve horas, o que la economía no puede pasar de crecer 4,4% a 5,5% en unas semanas.

En la realidad que sus acólitos le construyen, los que reclaman el respeto al voto del #21F son “cuatro gatos”, porque no le mostraron la encuesta en la que el 70% de la población rechaza su repostulación. Ya lo han convencido de que la derrota del #21F es una mentira (¡justo a usted, que es tan mal perdedor!).

En ese ejercicio de la caverna de Platón, las empresas estatales son un ejemplo de gestión, porque no le contaron que las pérdidas de dichas instituciones son cercanas a los 2.000 millones de bolivianos. En ese universo de bolsillo, que el correo ya no funcione en Bolivia es normal, porque ahora todo se envía por internet y usted lo anuncia todo suelto de cuerpo. No le dijeron que la ineficiencia de esa empresa hizo que se acumulara la correspondencia de medio año antes de su cierre, que los celulares Quipus no los compra nadie, que la planta de urea de Bulo Bulo ha hecho menos ruido al funcionar que los carísimos comerciales que la anuncian.

Sus cercanos tal vez se inspiraron en esa fantástica película alemana, “Goodbye Lenin”. En ella, un joven interpretado por Daniel Brühl debe cuidar que su madre, fiel comunista de la antigua Alemania Oriental que acaba de despertar de un coma, no sufra impresiones fuertes, y para ello le construye una realidad artificial en la que el muro de Berlín aún está firme. En una burbuja así vive usted, presidente.

Se nota su desconcierto cuando su discurso del 6 de agosto no dura más de 33 minutos, cuando no lo llevan a Urkupiña para que no escuche las protestas ciudadanas, y se disimula cuando lo mandan a jugar picaditos de fútbol mientras tuitean por usted, deciden por usted, piensan por usted y quedan bien con usted; después le explicarán. Pero hay algo más.

Estas personas le evitan incomodidades porque lo necesitan. Saben que su figura es trascendente y por ello presidenciable así, a la fuerza, por encima de la ley y del voto popular, utilizando excusas tan infantiles como costosas para intentar perpetuarlo en el poder. No les importa a ellos, por ejemplo, su salud, que se nota más deteriorada en cada nueva aparición. No les interesa su pérdida absoluta de credibilidad y acumulan una mentira tras otra. No les importa la famosa “revolución”, después de todo, porque ellos no la hicieron ni pensaron: de sus ideólogos quedan muy pocos, si es que quedan.

Los pensantes que escribieron las bases ideológicas de su Gobierno se marcharon al ver el degenere de sus propósitos o fueron echados, tildados de librepensantes, reemplazados por los levantamanos, los advenedizos o por aquellos cuya función es obedecer o repetir antes que reflexionar. No hay por qué ser coherentes ahora. No hay Madre Tierra que valga, ni autonomías, ni modelo económico: el objetivo es retener el poder a como dé lugar. Y si tienen que sacrificarlo a usted en el camino lo van a hacer, total después se culpa a la derecha y al imperio, elaborando fantásticas teorías de la conspiración.

En fin, estas líneas son honestas, pero lo más probable es que no lleguen hasta usted. Si ha alcanzado a leerlas, gracias, señor presidente. Bah, lo hice de nuevo. Lo mismo da, saludos a sus filtros.



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