15/10/2018
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Cambio climático: "¡Actúen ya, idiotas!".

Cecilia Requena Z.
Cecilia Requena Z.
“¡Actúen ya, idiotas!” es, según Kaisa Kosonen, de Greenpeace Internacional, el mensaje implícito en el “Resumen para responsables de políticas del informe especial sobre calentamiento global de 1,5 °C” del Panel Intergubernamental de Cambio Climático de la ONU. “Es el mayor campanazo de alarma proveniente de la comunidad científica y espero que consiga movilizar a la humanidad y que acabe con la actitud pasiva y complaciente que prevalece en el mundo aún hoy”, dijo Debra Roberts copresidenta del grupo de trabajo de impactos del informe.
La especificidad de este informe, elaborado por especialistas de 44 países, a partir de 6.000 estudios en materia de mitigación, adaptación e impactos, radica en la evaluación comparada de las consecuencias de un aumento de temperatura promedio global de 1,5° y de 2° con respecto a la temperatura del período preindustrial. Se trata, respectivamente, de los límites inferior y superior de la meta establecida por el Acuerdo de París, en 2015.

Son sustanciales las diferencias encontradas entre ambos umbrales. Por ejemplo, si limitamos el aumento de la temperatura en 1,5°, habría un 50% menos de personas expuestas al estrés hídrico (desbalance entre oferta y demanda de agua potable), a las restricciones alimenticias y a la pobreza derivada del cambio climático.

De hecho, el actual aumento de la temperatura en un grado comparado con la temperatura del mundo en la etapa preindustrial es ya catastrófico para muchas regiones del planeta. Por tanto, no es difícil comprender la gravedad previsible de un aumento, cada vez más acelerado, de las temperaturas en las próximas décadas.

El informe advierte que, en poco más de 10 años, el cambio climático podría causar daños irreversibles e incontrolables; que las medidas necesarias para evitarlo son drásticas y urgentes, aunque también técnica y económicamente viables; y que no podemos esperar más para actuar decididamente. De hecho, mientras más demoremos mayores serán los costos y las dificultades.

Para limitar el aumento de temperatura promedio global a 1,5° “necesitamos cambios ‘rápidos’, ‘sin precedentes’ y de ‘gran alcance’ en todos los aspectos de la sociedad”, dice el reporte revisado y aprobado por 195 países, incluyendo a Estados Unidos.

Entre los ámbitos en los que urge realizar cambios están: electricidad, agropecuaria, transporte, ciudades e industria. El informe sugiere varias medidas, entre ellas:

1) Detener la deforestación. De hecho, necesitaríamos incrementar en 10 millones de Km2 la superficie boscosa (reforestación y regeneración), hasta 2050. Por el momento, vamos en sentido opuesto ya que la deforestación para la agropecuaria está transformando un indispensable sumidero de carbón (el bosque tropical) en un emisor neto de CO2. Es el equivalente de agregar gasolina al fuego.

2) Reducir a poco más de la mitad el uso de combustibles fósiles hasta 2030 y eliminar su uso casi por completo en 30 años (2050). Y aunque resulten alentadoras la realidad y las perspectivas de las tecnologías de energías limpias y renovables, serían necesarias técnicas de captura de carbono, aún inexistentes, para evitar incremento global de temperaturas por encima de 1,5°C. No hay garantías, pero tampoco hay salidas fáciles.

En opinión de responsables del reporte y de otros especialistas como Mark Jacobson (Stanford), el mayor obstáculo es la aún insuficiente “voluntad política”. La brecha tiene una expresión concreta en los compromisos voluntarios de reducción futura de emisiones de gases de efecto invernadero, presentados por cada país, en 2015. La perspectiva agregada de estas emisiones sitúa al clima del planeta en la trayectoria de un aumento promedio global de al menos 3°. Cabe anotar que estos compromisos voluntarios pueden (y deben) ser ajustados en el futuro próximo.

Las consecuencias del cambio climático han dejado de estar en el futuro. Las estamos experimentando ahora. El clima es crecientemente errático. Somos testigos cada vez más frecuentes de eventos extremos como la intensificación de huracanes, tormentas, inundaciones, sequías, olas de calor e incendios. Y aunque haya autoridades que pretendan ignorarlo, Bolivia no es la excepción planetaria.  Así lo muestran la desaparición del glaciar Chacaltaya y el retroceso de los restantes; la reciente e inédita sequía en La Paz; o las dos excepcionales inundaciones que el Beni tuvo que afrontar en un período de apenas seis años (2008 y 2014).

Todos estos eventos climáticos tienen impactos socioeconómicos y políticos. Perturban o destruyen infraestructura y medios de vida, incrementando la vulnerabilidad y la pobreza de millones de personas, así como procesos migratorios forzados con la consiguiente conflictividad local, nacional e internacional, misma que ha demostrado ser capaz de tensionar y amenazar hasta a los regímenes democráticos más consolidados del mundo.

¿Hasta cuándo insistiremos en ignorar esta realidad y sus exigencias? Estos son asuntos indispensables para cualquier proyecto de futuro común. Por el momento, en Bolivia, el liderazgo y las políticas nos conducen en sentido opuesto.

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