27/04/2019
Cartuchos de Harina

Alan García, el rey de la baraja

Gonzalo Mendieta Romero
Gonzalo Mendieta Romero

Thomas Mann decía que atribuir las ideas de Nietzsche a la enfermedad era ignorar que “lo que importa es quién está enfermo, si un estúpido que no sobrepasa el nivel medio o un Nietzsche”.

Una distinción análoga –y un tris políticamente incorrecta– se me antojó a propósito de Alan García, con las distancias del caso. Su acusada venalidad lo pondría al nivel del expresidente peruano Alejandro Toledo, pero archivarlos en la misma gaveta es renunciar a discernir. García quizá se suicidó por bipolar, el trastorno que negó en su última campaña exitosa y que mencionaron los chismosos WikiLeaks, pero hay también más en él que una enfermedad mental.

A diferencia de otros expresidentes embarrados, García lucía talentos (orador, taimado estratega e intelectual) al lado de fracturas éticas ya habituales en política, pero en tiempos en que abundan las fracturas y escasean los talentos. Reducir a Alan al latrocinio impide pensarlo incluso como un ejemplo desdichado del alma latinoamericana, trizada entre dones palpables y rajaduras trágicas.

Me detuve por eso en el libro de Alan García Pizarro (El rey de la baraja), de 2012. Es un compendio del maquiavelismo prevaleciente, escrito por uno de sus alambicados cultores. Leído ahora, suena a confesión. García junta a Maquiavelo y a Francisco Pizarro, que nunca leyó las ideas del florentino, pero las ejerció.

Y aunque achacarle a Alan comunión con Pizarro es riesgoso, me digo que hasta en la literatura es común el truco de poner personajes a tantear doctrinas que escandalizarían, expuestas en otro formato. El libro da pues pautas del razonamiento de García. Su idea rectora es, con Spinoza: “no reír, no llorar, sino comprender”.

Para Alan, Pizarro –como Maquiavelo– pensaba que los hombres son cambiantes y falsos; viven como niños, de sus fantasías. Ante ese público infantil el poder actúa con dimensión propia, por el prestigio, las habilidades desplegadas y el ejercicio del poder mismo, “independientemente de la acumulación de riqueza”.

Pizarro era analfabeto, pero García destaca su afición por la baraja española. Se adiestró en el valor de cada naipe, en administrar secretos, gestos y disimulos, por conveniencia; en cambiar cartas, como hace la política con las alianzas, las ideas o el “manejo táctico de las personas, ora como naipes, ora como adversarios”. Alan cambió igual de naipes; muerte por honor o al menos por confusión, pues como ominosamente reza el cierre de su libro: “la habilidad política y sus reglas tienen también un límite”.

Pizarro era consciente de la cultura política de su tiempo y de las legitimidades que reflejan los naipes: la monarquía, la Iglesia, las espadas “y solo finalmente, bastos, el pueblo”. Pizarro percibió que el Perú era un “archipiélago de legitimidades entrecruzadas por la necesidad económica, comercial y de implantación de pequeños grupos...”. “Esa actitud comarcana esencial, característica del Perú histórico y vigente hasta hoy, agravada por el sistema incaico de los mitimaes” (descripciones que calzan también con Bolivia).

Para Pizarro, era indispensable aparentar indiferencia y ser hábil para la teatralización y la ejecución dramática. Pizarro sabía que el discurso gestual supera al de las palabras. El suicidio es pues, un modo de teatralización máxima. Y por el asesinato de Pizarro, no se le escapaba al autor que Sic transit gloria mundi.

Una de las reglas de Pizarro, según García, era evadir responsabilidades. ¿Se ve al último Alan siguiendo esa máxima, aduciendo que en su contra no hubo pruebas, que sus subalternos debían explicar sus acciones? La victoria (¡oh!) lava las culpas, escribía él.

El libro deja frías admoniciones, para quien quiera leerlas, empezando por una de Maquiavelo: “el Príncipe no está obligado a cumplir su palabra si es que se retorna contra él y si las causas de la promesa han desaparecido”. “Es una estrategia repetida en todas las reelecciones, que primero se niegan, pero luego se ejecutan”. Aunque Pizarro olvidó, en sus nueve años de gobierno, que “la extensión en el tiempo es una debilidad y un peligro”.

Alan García supuso que este homenaje a Pizarro podía jugarle en contra y dedicó el libro a un quechua, con palabras que acaso acarició para sí mismo, como un temerario legionario de los dioses paganos del poder: “A la gloria de Chalcuchímac (…), el mejor guerrero, que fue entregado por Atahualpa, torturado por los Pizarro y condenado por los orejones. Que no aceptó un nuevo Dios y murió altivo en la hoguera, invocando a Pachacámac”. 

Gonzalo Mendieta Romero es abogado.