La máquina de leer | 25/04/2019

“Presencia, una escuela de ética y buen periodismo”

“Presencia, una escuela de ética y buen periodismo”

“Presencia, una escuela de ética y buen periodismo”, libro editado por Juan Carlos Salazar.

Brújula Digital |25|4|19|

Fernando Molina

Acaba de salir al mercado Presencia, una escuela de ética y buen periodismo, libro compilado por Juan Carlos Salazar, un periodista y escritor siempre muy activo, que ha hecho varios aportes bibliográficos en los últimos años.

Esta última obra del “Gato”, como se llama a Salazar en los ambiente de nuestra común profesión, comienza una línea de publicaciones de la Fundación para el Periodismo, que él preside, destinada a conservar testimonios y materiales útiles para la historiografía del periodismo boliviano, rama de los estudios bolivianos en la cual han actuado algunos de los más grandes historiadores nacionales, como Rene Moreno, Carlos Montenegro y Ramiro Condarco, y que continúa movilizando esfuerzos culturales, como testimonia el hecho de que este libro suceda en pocos meses a otro dedicado a los periódicos del siglo XIX, Cultura letrada y proyectos nacionales, de Fernando Unzueta.

El esfuerzo de Salazar es encomiable, pero corresponde precisar sus límites. No estamos ante un libro orgánico, sino ante una colección de colaboraciones de varios escritores, “barajada” con un manojo de notas publicadas en Presencia sobre el propio periódico. Por eso resulta redundante en exceso, ya que muchos de los autores tocan, cada uno en su estilo y desde su perspectiva, un puñado de temas iguales. Estos son la fundación de Presencia como semanario en 1952, poco antes de la Revolución Nacional, a manos de un grupo de jóvenes de Acción Católica, liderados por Huáscar Cajías, y entre los que se hallaban Paulovich (Alfonso Prudencio), Alberto Bailey, Carlos Andrade, Juan Quirós y otros. La transformación en 1958 del semanario en diario. El ascenso de este diario, en la siguiente década, a la cima de su prestigio, calidad y éxito popular. Su consagración como referencia imprescindible del debate boliviano en los años 70 y 80, aunque remando en contra de la situación política y económica del país. Y, finalmente, su declinación en los años 90, presionado por los cambios sociales y por la nueva competencia que apareció entonces, hasta su fallecimiento por asfixia económica en 2001.

Estos son los hechos que, como digo, se tratan reiterativamente. Por otra parte, los personajes retratados en el libro son, además de los ya citados fundadores, los periodistas Armando Mariaca, Jaime Humérez, Renán Estenssoro, Juan León, Raúl Rivadeneira y Ana María Romero. Un par de capítulos aparte merece Gennaro Prata, el obispo italiano que fungió de “dueño del periódico” en la etapa más relevante de éste. Se trata de una figura controvertida por sus relaciones con la dictadura de Banzer, aunque algunos autores tratan de reivindicarlo; en cambio hay otro, como veremos, que lo denuesta.

La parte que más me interesaba leer era la referida al aporte de Presencia en el campo del periodismo cultural, toda vez que Presencia Literaria probablemente fue, por su influencia y continuidad, la más importante revista de letras de la historia contemporánea. Un faro cultural que, como es normal, se convirtió simultáneamente en “punto de choque” de los literatos jóvenes, quienes, como hace poco recordó Carlos Mesa en La palabra y la trama, trataron a fines de los 70 de cometer “parricidio” con la vieja camada de críticos y escritores que se agrupaban en torno al director de esta publicación, Juan Quirós (Coello, Rivadeneira, Castañón, Siles, Francovich, etc.). Pues bien, el artículo que escribió sobre el tema Óscar Rivera-Rodas (“Presencia Literaria y el periodismo cultural”) es, junto al prólogo de Salazar, la pieza mejor escrita del volumen, pero la lastra su espíritu enumerativo, autobiográfico y elogioso, que es el general: un tono derivado de la nostalgia antes que de la reflexión. El aporte de Rivera-Rodas tiene, además, un error importante, que no corrige ningún otro artículo: no valora como corresponde a la más importante figura literaria que pasó por Presencia, Jesús Urzagasti, quien fuera secretario de redacción y editor de la sección cultural.

Donde hay periodistas, hay discordia y hay atrevimiento. En el libro puede encontrarse, aquí y allá, pistas para evaluar las zonas oscuras de este proyecto periodístico, que las tuvo como las tiene todo esfuerzo humano, por muy noble que sea. Uno de los últimos directores de Presencia, Juan Cristóbal Soruco, cuenta que durante el segundo gobierno de Banzer la cúpula del periódico lo sacó de este cargo a causa de su posición política, y que, no contenta con ello, además le arrebató su columna; Mario Frías, quien tuvo que cerrar el periódico en 2001, aunque mintiendo que sería solamente por un tiempo, cuenta los desaciertos administrativos y los hechos de ¿corrupción? en los manejos económicos de los que él tuvo noticia; Alberto Bailey señala que los obispos cerraron el periódico por “comercio”, solo porque este había dejado de darles utilidades, y, finalmente, el inefable Humberto Vacaflor, en el texto más sabroso de la compilación, acusa a monseñor Prata de haberlo vendido a la represión banzerista, de no haberlo ayudado en su exilio en Buenos Aires, de ulteriormente haber tratado de que lo despidieran de la agencia de noticias Ansa y, finalmente, se queja de que Presencia no quisiera publicar su célebre primicia de los 80 sobre la venta clandestina del Diario del Che en una subasta en Londres, solo porque la firmaba él. Vacaflor también cree que Presencia comenzó a decaer desde la salida de su primer director, Huáscar Cajías, y no, como suele decirse, después de la gestión de la otra directora emblemática, Ana María Romero, a la que Vacaflor considera banzerista.

Digamos, en suma, que se trata de un libro de interés para periodistas e historiadores de la contemporaneidad antes que para el público en general, pues acopia materiales que serán útiles para aquel que en el futuro quiera acometer una historia unitaria y orgánica del matutino Presencia, que en su momento fue el principal periódico del país y uno de los importantes medios de comunicación católicos del mundo.

Fernando Molina es periodista y escritor.